sábado, 24 de septiembre de 2011

Madre, mujer, harta

 2011 XI Edición
2º premio  Tema libre

Obra:       Madre, mujer, harta
Autora:    María del Mar Boillos Pereira

Quiero beber, quiero beber ya. Necesito una copa, no mejor dos. No, esto no es la “historia de una alcohólica anónima”. Pero necesito un buen lingotazo, quedarme atontada y no pensar en mi día a día. O mejor, en mis tardes, mis maravillosas tardes. Odio, y digo odio porque es odio con todas sus letras, odio llegar a casa y encontrármelo ahí, sentadorro mirando algo en Internet (¡qué raro!). Parece ser que se va a caer el mundo si no mira Internet. Ni que fuera periodista. Tiene que leerse cada uno de los periódicos y tengo que oírle explicar una y otra vez lo mal que va nuestro país, la crisis, la corrupción,… Pero ¡que ya me lo sé! Por no mencionar cuando empieza a hablar de cómo influyen los partidos políticos en los titulares. ¡Mira, mira! Me dice. A grito pelado desde la otra punta de la casa. Los vecinos van a pensar que somos unos verduleros. Y yo de mientras aquí, planchando sus camisas y sus corbatas. Le tenía que cobrar 5€ por cada una ya verías que rápido se levanta. Y encima teniendo que arropar a la niña y leerle un cuento. Porque la niña tiene miedo a la oscuridad, pero aquí mi maridito querido parece no haberse enterado todavía. Con las noticias tiene bastante. A ver si empieza a darse cuenta de que también hay problemas en casa, pero como no vienen en los periódicos… ¡aquí no pasa nada!

Y ahora que me tomo un vinito va el tío y se duerme. Roncando está, en el sofá, tumbado. ¡Cualquiera lo levanta! Porque es que encima, según él, no está dormido, está viendo el tiempo en la tele. ¡Ja! Pero si acabo de cambiar el canal y ni se entera. Míralo… con el tipín que tenía cuando empezamos. Y ahora mira qué barrigón. Le sale hasta por debajo de las camisetas. Y yo, ingenua de mí que pensé que me había quedado con un partidazo, ¡el único hombre al que no le gustaba el fútbol! Si volvería a nacer cogería a alguno que le gustase el fútbol antes de tener que aguantarle todo el día en casa viendo las noticias. Lo peor es que el jeta de él me dice: “Marijo, a ver si empezamos a hacer cosas juntos que parece que hemos perdido la chispa”. ¿Pero qué quiere que hagamos? Si no me hace ni caso. No sé cómo se las arregla para sacar cualquier excusa cada vez que le digo para ir a hacer las compras. Me voy a tomar otra copa.

Me acuerdo de cuando empezamos a salir, ¡cómo me miraba! Pero lo mejor fue cuando nos vinimos a vivir a este piso. Aún no estaba embarazada de Miriam y era todo para mí: su cariño, sus mimos, sus cuidados… Cualquier cosa que ocurriese ahí estaba corriendo arreglándolo con tal de verme sonreír. No había nada que le hiciese más ilusión que arrancarme una sonrisa. Lo cierto es que valía para todo: tan pronto me arreglaba un enchufe como me colgaba la ropa de la lavadora. ¡También ahora! Ahí está la lámpara de nuestro dormitorio sin arreglar. Y si por lo menos se hubiese roto hace unos días… ¡cuatro meses! ¡Cuatro malditos meses y sigue el cable dando vueltas en el techo que acabará matándonos de un cortocircuito! Ya se hará, dice, ya se hará,… ¿cuándo? ¿Cuando dejes de mirar una y otra vez las noticias? Seguro que si fuese para algo de lo que a él le interesa ya estaría hecho. Pero seguro, encima. ¡Mierda! Se me ha acabado el vino, voy a ver que hay en la despensa…

Estoy pensando que estaría bien dejarle un mesecillo solo, a ver qué hacía. Seguro que no se cambiaba de calzoncillos hasta que le picase la entrepierna. Estos hombres no saben hacer nada solos. Porque es que para todo depende de mí: la educación de la niña, las cuentas de casa,… Tengo una idea mejor: ¡Voy a llamar para que quiten Internet! ¡Sería maravilloso! Uis, llegar a casa y no tener que aguantar las retahílas de todos los días, contarle qué he hecho en el trabajo, volver a ir de compras juntos,… Me encantaría ver la cara que se le quedaría al ver error en la pantalla. Entonces ya no podría volver a repetirme eso de “¡no tengo tiempo!” que tanto le gusta. Así que tiene las manos tan finas y suaves. Mira, en eso no ha cambiado. Tiene las manos de cuando tenía veinticinco años: suaves, suaves, suaves. Si me pusiesen sus manos entre otras cinco mil seguro que las reconocía. Está rico esto del orujo. Voy a tomarme otra.

¡Será sinvergüenza! Ahora se va a la cama. Y me pregunta a ver si quiero irme con él. Encima ahora querrá que le caliente las sábanas. Encima he tenido que ver toda la serie que dan hoy en la tele sentada en la silla porque él ocupaba el sofá todo lo que es de largo. Que vaya a la cama, dice. ¡Va listo! Hoy me quedo aquí. O mejor, me voy de fiesta. Bueno, hoy no, otro día. Me voy a ir de fiesta con mis amigas esas que se han quedado solteras. Creo que tengo el teléfono de Susana por ahí. Hace siglos que no hablo con ellas pero seguro que están encantadas de que me una a esas fiestas que se montan para conocer a tíos en discotecas de cuarentonas. Como cuando éramos jóvenes. Porque lo cierto es que yo no estoy nada mal. Hombre, tengo celulitis, estrías y la gravedad ya está haciendo de las suyas con la pechera, pero también tienen celulitis esas de las revistas y todos dicen que están buenísimas. Decidido, me voy a ir de fiesta.

Menudo mareo tengo ya. Si se despierta mi hija, me muero de la vergüenza. Míralo cómo duerme. Lo cierto es que sigue siendo guapo. Con arrugas, pero guapo. Me sigue gustando cómo respira cuando duerme, la manera en que se pone el edredón entre las piernas y abraza muy fuerte la almohada. Pero lo que más me gusta es verle al despertar. Con sus ojos despiertos, su boquita cerrada y mirándome fijamente sin hacer ruido para que no me despierte. Me gusta la primera vez que me toca de cada día, siempre la cara. Le gusta mi cara, le gusta decirme que estoy por las mañanas igual que la primera vez que dormimos juntos. Y le quiero. Es una putada pero le quiero. Con su barrigón, con su Internet, las dichosas noticias y con su idea de que lo importante, ante todo, es estar juntos.

domingo, 17 de octubre de 2010

Un romance equivocado

2010



Accésit Marítimo Portuario




Nélida Leal Rodríguez




 Escuchaba su voz como si de un mantra se tratara, hasta llegar a sentirme arrullada por la cadencia rítmica, imperturbable, de sus palabras:

- El atraque es el Hotel 4. Repito: Hotel 4. Está protegido de las rocas, pero aun así le enviaré un marinero para que le ayude a atracar.

- Adelante por la bocana.

- Le recibo alto y claro. Cambio.

Nunca me preocupé de su aspecto… su aspecto era lo que menos podía importarme, lo que le hacía inalcanzable, lo que convertía en un imposible la certeza que yo sentía, sin tener derecho a sentirla, dentro del pecho…yo, simplemente, vivía para la contemplación eterna y devota de aquel cubículo de hormigón, acero y cristal donde él gastaba siete horas diarias, de lunes a domingo, con un día de descanso en verano y dos en invierno. Lo imaginaba regresando cada noche a su hogar, a un lugar blanco y desordenado, salpicado de libros náuticos y cuadros de nudos marineros enmarcados en oro. Lo imaginaba incapaz de encontrar a la mujer de su vida porque ninguna de las que escogiera sabría calmar la inquietud persistente que anclaba en su pecho, aquella necesidad de un romance inolvidable que oliera a algas y a agua salada, a cielo azul y a puesta de sol…un romance que sólo podría vivir conmigo, porque sólo yo podía darle lo que él buscaba aunque él jamás fuera siquiera consciente…aunque aquel amor que le daba sentido a mi vida sólo fuera real en un universo paralelo. Me conformaba con eso. Ya sí. A fin de cuentas había dejado todo por él, había consagrado mi existencia a los chispazos de felicidad que me proporcionaba escuchar, de cuando en cuando, su voz a través de la banda marina, y mi sacrificio debía tener algún sentido, no podía destrozarlo al tener que admitir que eso sería, por y para siempre, todo lo que tendría. Prefería pensar que siempre lo supe y aún así me entregué por completo a aquel amor insensato, decidida, a pesar de mi supuesta incapacidad, a defender hasta la muerte aquel amor nacido de la locura, sustentado en el absurdo y destinado a la nada.

Me había enamorado de él sin pretenderlo, sin comprenderlo, sintiéndome caminar hacia la destrucción pero incapaz de sustraerme del hechizo embriagador que cada nuevo amanecer me llevaba a la misma roca, junto al pantalán de la gasolinera del puerto, esquivando las miradas de los marineros encargados de repostar y escondiéndome a la velocidad de la luz cuando se acercaba alguna embarcación con el tanque vacío. No es que temiera que me hicieran nada, pero no me sentía segura… ya no me sentía una más, un ser inofensivo y vulgar, incapaz de provocar la más mínima curiosidad, una más entre tantas… me sentía… sí, ya sé que era un delirio más entre aquellos que me consumían, pero me sentía una mujer, una mujer hermosa de andares sugerentes que se contoneara con el magnetismo irresistible de una hechicera y que apenas posara en él sus ojos almendrados, se hiciera con su voluntad.

Siempre he sido demasiado imaginativa. Mucho más de lo que aconsejaban las circunstancias, la vida, mi propio ser. Pero… ¿acaso puede lucharse contra lo irremediable? ¿Acaso tiene algún sentido buscar lógica en el amor? Yo lo intenté, traté de ser más fuerte que aquel sentimiento insospechado, loco, pero no pude hacerlo. He aceptado que éste es mi destino… aunque al principio no fuera capaz de resignarme.

Y es que, al principio, quería alejarme de él, olvidarlo y comenzar una vida distinta, la mía, en realidad, aquella que había dejado atrás sin remordimientos la primera vez que, distraída en mis asuntos, justo detrás de la oficina del puerto deportivo, escuché su voz. Hasta aquel día que cambió mi destino, siempre había oído con indiferencia las docenas de voces acostumbradas, pero ahora otra voz, desconocida, alertó mis sentidos y se llevó por delante todo lo que hasta entonces había sido mi vida. Hablaba por la emisora.

- ¿Puede indicarme la eslora de la embarcación?

Mi corazón dejó de latir al menos un segundo, estoy convencida de ello. Aquella voz… enardecida, acosada por primera vez en mi vida por un sordo aturdimiento, tropecé y casi acabé bajo las ruedas de un coche en marcha que salía del aparcamiento. Jamás había sentido nada parecido al oír una voz masculina. Jamás. ¿Qué me estaba ocurriendo? ¿Por qué era aquel hombre diferente a todos esos otros que yo había visto durante toda mi existencia sin sentirme siquiera intimidada por su presunto poder? No lo comprendía, no acertaba a explicarme por qué todo mi ser se sentía hipnotizado por aquella voz irrepetible:

- De acuerdo. Diríjase al Pantalán de Espera y traiga la documentación a la oficina para asignarle atraque.

Recuerdo que me inundé de un fingido atrevimiento y comencé a rodear, temerosa, solitaria, el cubículo del que procedía su voz… no sé qué esperaba realmente, no sé cuáles eran mis pretensiones… estuve a punto de subir los escalones que me hubieran permitido verlo, antes de que alguien me echara de allí, cuando él volvió a hablar, y mi coraje se deshizo como humo al escuchar sus palabras.

No. No dijo nada especial. No se trataba del mensaje de sus palabras, ni siquiera las palabras mismas. No había empleado la emisora y su voz, desprovista de aquel barniz exótico que le confería la banda marina, me pareció tan inofensiva como la de cualquier otro. Con un súbito arranque de cordura, desanduve mis pasos y salí de allí volando, escapando de aquel insólito peso en el pecho, creyendo, ingenua de mí, que había sido un breve acceso de locura, que había perdido el Norte un mero instante, que mañana volvería a ser la de siempre.

Pero me equivoqué.

A la mañana siguiente no tuve valor de acercarme a la oficina de control de acceso del puerto, pero un desconcertante bulle-bulle, el mismo que había poblado la noche de pesadillas antes inconcebibles, me impedía por completo dedicarme a mis quehaceres de aquella hora temprana del día. Ni soportaba la presencia de nadie junto a mí, estaba desquiciada, no sentía hambre ni sueño, no hacía más que rememorar en mi aparentemente poco sofisticado cerebro la cadencia hechizante de la voz de aquel hombre sin rostro. Desistí de lograr continuar mi acostumbrada rutina sin darle un nombre a aquella desazón que nunca había conocido, que nunca había soñado siquiera experimentar, y que sin embargo estaba desgastando a pasos agigantados mi nunca demasiado elevada inteligencia. Me aposté, como una centinela inesperada, a un lado de la barrera de entrada, observando con ojos fijos aquel escenario que tan acostumbrada estaba a ver y que sin embargo ahora se me antojaba un paraje inhóspito y desolado, desprovisto de la calidez que la presencia del dueño de la voz irrepetible le había concedido. Esperé su llegada, decidida a arrojarlo del pedestal donde yo misma lo había subido sin vacilar. Pronto llegaría, yo le pondría rostro a aquel tormento insoportable y podría recuperar mi fiable y segura monotonía de cada día, porque, al menos esa certeza me consolaba, mi extravagante chifladura no podría sobrevivir a comprobar, cara a cara, que aquel hombre no tenía nada de especial, que era igual que todos los demás, que sólo su voz en la emisora o en el canal interno, su voz en las ondas, era capaz de despertar en mí un secreto instinto que me superaba sin remedio. El encantamiento se quebraría entonces, yo me liberaría y jamás volvería a sentirme perdida cuando volviera a escucharle.

La barrera se elevó. Un vehículo, conducido por personal portuario ya que tenía el mando del control de acceso, recorría el sinuoso camino de entrada. Aterrorizada, me giré y vi llegar al propietario de la voz que me había hecho renunciar casi por completo a mi vida pasada, a todo lo que daba sentido a mi propia identidad. Era el momento. Ahora o nunca. Dejaba atrás mi ilógica pasión, confiriéndole un rostro humano, desprovisto de significado, a aquella voz que me conmovía, o dejaba atrás todo lo demás, lo que siempre había sido, lo que me convertiría, al abandonarlo, en esclava de una historia imposible, inverosímil.

Fue en ese preciso instante cuando comprendí que estaba perdida. Había aguardado aquel momento con ansiedad desde el mismo momento en que noté el efecto perturbador de aquel hombre sobre mi primitiva naturaleza, había puesto mis esperanzas en que, cuando le pusiera rostro a aquella voz poderosa, el embrujo se rompería y yo podría regresar a mi nómada existencia, dispuesta a conformarme, como antes había hecho por puro instinto y sin un segundo pensamiento, con la vida que me estaba destinada. Y en el breve espacio de tiempo en que mis ojos observaron esa sombra, aún imprecisa, tras la luna del coche rojo, cuando me sentí azotar por una congoja inexplicable y nueva que me dejó completamente indefensa, me di cuenta de que de alguna sorprendente y misteriosa forma, había ocurrido lo inexplicable, lo inadmisible, lo que me condenaba sin remedio a un futuro solitario y vacío. No quería ver la cara de aquel hombre, no quería poner un rostro a aquella emoción que me trastornaba, arriesgándome así a perderla. Preferí, temeraria e imprudente, seguir enamorada de aquella voz mágica y no otorgarle ninguna cualidad que pudiera romper aquel sortilegio imposible con su evidencia de locura irrealizable. Escogí el ensueño, la quimera, la locura de permanecer embaucada por un enamoramiento absurdo que nadie podría comprender jamás, que jamás podría hacerse realidad, en lugar de enfrentar el rostro humano que forzosamente acompañaría la voz que me había enardecido y que me devolvería a una vida aburrida y previsible, desprovista de peligros y que no echaba de menos, a pesar de haberla sustituido por una existencia delirante, caótica, consumida en la espera inagotable de observar esos artilugios negros que los compañeros de mi dueño y señor llevan prendidos en la cintura de sus pantalones y de los que a veces escapa, devolviéndole a mi corazón el sentido de su misma existencia, la voz que he aprendido a amar y sin la que ya no sabría vivir.

“ La embarcación Queen of the Seas necesita ayuda para atracar”; “Una moto de agua solicita entrada en el varadero”; “El catamarán Goddess se dirige al surtidor para repostar”

Había decidido, había escogido, estaba sentenciada. Bajo el cielo azul, cuajado de nubes algodonosas, grité al infinito mi decisión, mi única salida, lo que me convirtió, de aquel día en adelante, en un ser único, fantástico, en una mezcla indivisible de realidad y ensueño, una enamorada sin más aspiración que el fracaso. Mis compañeras acogieron mi demencia con un batir de alas cuajado de voces que no podían albergar palabras, pero yo las entendí: ellas también me condenaban; sólo me quedaba él, su voz, el sonido que le daba una razón a mi existencia, el hechizo que me atrapó y del que sé que jamás podré escapar, a pesar de que el cielo, invitador, prometa acogerme y llevarme a otros parajes donde pueda borrar por siempre esta locura irrealizable.

Pero no puedo, no quiero, no lo haré. Ya he llegado demasiado lejos… he desafiado las leyes del hombre y de la naturaleza, soy una proscrita entre los míos y entre los humanos, nada me queda, salvo este ritual inevitable que cada día me lleva a esta misma roca, trastornada vigía de este mundo azul, gris y blanco del que ya no he de salir, esperando, siempre esperando, que su voz a través de la emisora me haga aceptar al fin que mi elección fue la única que siempre tuve, que jamás pude realmente decidir.

A fin de cuentas, sólo soy una gaviota.


martes, 28 de septiembre de 2010

El tiempo

2010



1º Premio (Tema libre)




LUIS MIGUEL MORALES PEINADO


Sintió cómo su cuerpo se escurría entre las sábanas, totalmente empapado en sudor y con el corazón latiendo a un ritmo infernal. Sus manos la buscaron, no había nadie más que él sobre la cama pero sabía que esa noche había estado allí, junto a él, dormida a su lado. Soltó un par de exabruptos fijando su mirada en el reloj despertador, comprobó que eran casi las seis de la mañana y se levantó de un salto. El olor de ella seguía acompañándole. Al entrar en el cuarto de baño se encamino rápido hacia la ducha, estaba seguro de encontrarla allí escondida. Jugando una mañana más. Separó las cortinas y no vio a nadie. En veinte minutos terminaría de asearse, se acercaría a despertar a Carlos y, mientras éste se despabilase, iría preparando el desayuno para los dos.



Cinco meses atrás Adela compartía con ellos esos primeros minutos del día. Hasta aquel fatídico veinticuatro de abril del año dos mil. Le llamaron a la oficina y le comunicaron que Adela acababa de sufrir un mortal accidente de tráfico. Instantes después de que Carlos se bajase del coche, a las puertas del colegio, un camión que había perdido los frenos se llevó por delante el coche empotrándolo contra un muro. No pudieron hacer nada por ella, falleció antes de llegar al hospital.



Cerró la puerta del baño y regresó de nuevo a su habitación. Súbitamente sintió algo en su interior, sus pulmones se ensancharon y comenzó a respirar un aire limpio, liviano, distinto. Abrió rápidamente la puerta y se dirigió al pasillo, sus ojos se clavaron en el reloj de la pared, vio que la manecilla del segundero estaba quieta. Se dirigió hacia el salón y posó su mirada en el reloj de cuco, sus contrapesos colgaban completamente inmóviles. Encendió el equipo de música y por más que intentaba sintonizar alguna emisora de radio, le fue imposible. Con la televisión le ocurrió lo mismo.



Separó las cortinas, subió la persiana, abrió la ventana y fijándose unos instantes en el edificio de enfrente se dio cuenta de que el sol, que justo en ese momento empezaba a despuntar por el tejado, se había quedado parado, suspendido en el aire, como si estuviese reposando sobre el bloque de pisos. Cruzó la mirada con un vecino que tenía la misma expresión de desconcierto que él adivinaba en su propio rostro, sólo que aquel hombre estaba quieto, con los ojos exageradamente abiertos, sin mover un solo músculo de su cuerpo.



Se dirigió a la habitación de su hijo para observarle en silencio. Carlos dormía mientras su pecho se agitaba al mismo ritmo que su respiración.



Entornando con cuidado la puerta, volvió al pasillo. Trastabilló, y sin llegar a caer al suelo dio unos cuantos pasos hacia atrás. Su mirada se clavó en el reloj.



-¡El segundero! ¡Se ha movido la manecilla en dirección contraria!



Se acercó aceleradamente hacia el reloj y las agujas no hicieron el más mínimo movimiento. Caminó nuevamente hacia atrás. Según se iba alejando, las manecillas volvían a recuperar su acompasado ritmo, pero siempre en sentido contrario.



-Creo que lo he comprendido.



Desde ese instante no dejó un solo segundo de caminar hacia atrás. Del salón a la habitación, de la habitación al baño, del baño a la cocina. No paraba más que lo necesario para alimentarse, y seguía, a veces a una velocidad que nunca hubiese pensado podría llegar a alcanzar. Los relojes iban más rápidos aún que él, los días se sucedían sin tregua, primero llegaba la noche, el atardecer a continuación y por fin amanecía.



Sin poder precisar cuánto tiempo después, vio en el calendario del pasillo la fecha que ansiaba:



Veinticuatro de abril del año dos mil.



Siguió caminando hasta que el reloj marcó las cinco de la mañana y se aproximó a su habitación. Acercó lentamente su temblorosa mano al pomo de la puerta, pesaba enormemente, no se veía capaz de moverlo, entre el pánico que le atenazaba y su lamentable estado físico pensó que nunca lograría abrirla. Consumió sus últimas fuerzas y logró ver a través de una mínima rendija como Adela se rebullía lentamente sobre las sábanas, sumida en un profundo sueño.



En un momento todo recobró su ritmo, los relojes, la luna, él mismo. Se dirigió a ver a Carlos dormir. Regresó a su habitación y, sigilosamente, para no despertar a Adela, se metió en la cama.



Sonó el reloj despertador a las seis en punto.



-Sigue durmiendo, cariño, hoy llevo yo al niño.

¿Quién dijo que muerto el perro se acabó la rabia?

2010




2º Premio (Tema libre)




Alberto Salazar Gutiérrez



No voy a contarles la historia de mi vida porque es muy larga. ¡Con decirles que acabo de cumplir diez años! Mejor la de mi perro, que se cuenta en un tilín porque murió a los seis meses. Mi padre me lo regaló como premio a mis notas de quinto grado y cuando Kelly aún no había abierto los ojos. Cuando lo hizo, al primero que vio en el mundo fue a mí y seguro fue entonces cuando le dio por creerse hijo mío aunque ni de lejos nos parecíamos. La idea del nombre la saqué de una película americana donde el principal era un pastor alemán llamado así. Saliendo del cine me dije: “El día que tenga uno...” Y dio la casualidad que a los pocos días... Bueno, digo casualidad, pero la verdad es que ya mi padre no soportaba otras veinticuatro horas la cantilena del perrito. Y aunque no resultó ser pastor y mucho menos alemán, sino un mestizo cubano de pura raza, negro como el día en que lo mataron, le puse Kelly por ser tan inteligente como el de la película. O más, porque una vez que aquél se perdió, ni un huesito con que matar el hambre encontró, mientras el mío... Hasta los cinco meses Kelly tuvo que esperar a que mi familia se levantara de la mesa para saber lo que iba a comer él, pero como siempre se quedaba a media tripa, empezó a rellenársela en la calle... Bueno, tampoco así, en la caaalle, como un perro vagabundo. Él comía en plato, bajo techo y rodeado de camareros. Y comida divina como quien dice, porque se metía en el patio de Isolina, una santera gorda y tan negra como él que vivía a media cuadra y que todos los días le ponía de comer a sus doce santitos africanos en unas ollitas de barro. Los orishas, como ella les decía, también eran de barro y vivían en una casita de piedra que me daba a medio muslo. Todos los días Kelly se colaba allí como perro por su casa, y como los de adentro no protestaban, seguro él pensó que aquello era un restorán para perros, y los doce santitos, los camareros. A las horas de almuerzo y comida, tan puntual que parecía llevar reloj, Kelly salía pa’ allá meneando el rabito de pura contentura. Y fíjense si él no era egoísta, que algo siempre dejaba para los orishas de Isolina. Él era un perrito compartidor, sí señor. Pero un día la muy bruja notó que no eran sus santitos quienes se zampaban la comida, sino alguien que agradecía la invitación con abundantes meadas, y le cayó atrás con una escoba gritándole unas barbaridades que ni a un perro se le dicen. Allá como al mes, al parecer encabronada porque Kelly le estaba pegando la gorra sin ser invitado, y de contra le rociaba la casita por las cuatro esquinas, Isolina echó un polvo en la comida de sus muñecotes y les dijo que no probaran bocado. A Kelly, ni por telegrama. Y el pobre, sin olerse cuánta maldad hay en este mundo, salió pa’l restorán tan campante como siempre, seguro preguntándose cuál sería el menú del día. Al rato regresó como una tromba y empezó a revolcarse y a echar espuma y a temblar que daba grima. Hasta que a los cinco minutos se quedó quieto, muerto para siempre. “Te lo envenenaron”, me dijo mi padre. Entonces, con un atoramiento tal que pensé tener una esponja en el guargüero, metí a Kelly en un saco de yute, lo puse en una carretilla, agarré un pico y salí rumbo al río. Pipo quiso acompañarme, pero le dije que no porque él siempre está con eso de que los hombres no lloran… ¡Y yo estaba...! En cuanto le di la espalda y empecé a empujar la carretilla, ahí mismo se me saltaron las zapatillas de los ojos. Llorando hice el camino y llorando abrí la tumba de Kelly y lo enterré en la tierra negra y maciza de la orilla del río. Pero llorar allí no me dio vergüenza porque aparte de estar solo, no eché lagrimitas de paloma rabiche, dulces y redondas como el rocío, sino unos lagrimones ácidos como el vinagre y duros como hilo encerado pa’ empinar cometas. Los cocodrilos lloran así, seguro... Después, cada vez que estaba solo y pensaba que a mi perrito se lo estaban comiendo los gusanos del río, de los ojos se me destejían dos hebras saladas que al final se me ensartaban en el ojal de la boca. A la semana del entierro, ya anochecido, me dejé caer por el restorán de Kelly. Ná, pa’ ver cómo andaban las cosas por allí. Nadie me vio entrar al patio de Isolina, ni arrodillarme frente a la casita de los santos como si fuera a rezarles. Cuando los miré por el huequito de la puerta noté que estaban más gordos... ¡Y claro, ahora con tanta comida pa’ ellos solos! Estuve un rato así, mirándolos tan fijo que la vista se me nubló. Ellos también me miraron, pero con unos ojos de barro muerto que no parpadearon ni cuando cogí el martillo que llevaba escondido en la parte de atrás de la cintura... Metí la mano en la casita, como Kinkón en la película, y saqué las figuritas una a una. Las puse en fila y después, en el mismo orden que las había sacado, les di un martillacito en la frente, uno solo, hasta que no quedó títere con cabeza. Bueno, hubo uno al que no descabecé, ese al que Isolina llama Babalú-Ayé y mima, San Lázaro. No, no porque llevara muletas o fuera 17 de diciembre. Es que he oído decir que a ese santito, viejo, flaco y lleno de llagas le gustan los perros. Me olí que él era el único que compartía a gusto su comida con Kelly. Porque si no…

jueves, 8 de octubre de 2009

El encargo




2009




Primer premio




David Arturo Serrano Rodríguez




Hacía tiempo que no escuchaba esa frase, mucho tiempo, una eternidad, casi otra vida. En la infancia esa frase siempre iba ligada a una sorpresa placentera, gustosa, agradable, que me hacía abrir hasta el infinito mis pequeños ojos y encontrarme los de mi madre seguros y complacientes. Abre la boca y cierra los ojos. Ahora sabía que no era así. No iba a relamer un hilo de miel ni a saborear la primera fresa de la temporada. Ahora no era el elegido para probar la dulzura del chocolate recién hecho, la nata acabada de montar, ni el caramelo ya enfriado. Hago un esfuerzo por entreabrir la boca mientras mi barbilla tiembla. Soy incapaz de controlarla. Mi corazón se ha acelerado definitivamente, y acompasa mis jadeos.
- Abre la boca y cierra los ojos, ¡coño!
Siento el frío metálico en los labios, el chocar del punto de mira en mis dientes y el avance del cañón hasta el centro de la boca. La mente es así, me ha llevado treinta años atrás y he visto el sol iluminando la cocina con mi madre y abuela embadurnándome la cara de crema pastelera. Dicen que estos mecanismos mentales son una defensa, una estratagema que los seres humanos nos fabricamos para evadirnos, para no sufrir, para olvidar. Me interrogo de repente sobre cómo abordarán esos críticos instantes los animales y me siento estúpido cayendo en esas divagaciones justo en ese momento.
- Te voy a pegar un tiro, cabrón.
Una arcada me hace estremecer al sentir la profundidad del arma y lamento lo enclenque que siempre he sido para tragar. Seguramente también es un mecanismo de defensa que nos une a todos los operados de anginas. Mi pensamiento se inunda con el color rojo de la sangre y veo a mis padres achicando la hemorragia con toallas mientras el médico retira mis amígdalas. Siento la ausencia en la garganta del órgano y sólo el consuelo que dicta el carnicero tras la operación: “denle mucho helado”. Lo que daría ahora por tomarme uno, disfrutar de un buen helado de marrón glacé en Gioliti, mi heladería favorita cerca del Panteon. La mente ha llegado a Roma, no me sorprende, allí la conocí y empezó todo.

A Roberto Zanchinni una gota de sudor le recorre la mejilla hasta resbalar en la comisura del labio. La siente salada, caliente y se la sacude con un resoplido enérgico intentando coger fuerzas. Tiene la vista puesta en su mano y la mente lejos de ella. Puede ver el reloj en su muñeca, un Tissot deportivo de correa metálica que marca las ocho de la mañana. Se maldice. En una hora empezará el rosario de proveedores por el restaurante. El primero en llegar será el repartidor de refrescos y aguas, al que le seguirán los de productos frescos. Se sobresalta al recordar que tiene que hacer el pedido de vinos y licores y abonar el pago del mes pasado. Maldice de nuevo al añadir un gasto más a esa lista infinita que crece desde hace tiempo. Sin proveedores no hay negocio, sin alquiler del local no hay negocio, sin empleados, luz, agua, gas, y por supuesto clientes, no hay negocio. El negocio le está quitando la vida y por negocio tiene que quitar otra. Lleva más de diez años sin ejercer, los mismos que su restaurante en España, pero la vida se ha puesto muy cara y hay que sobrevivir.
- Escuche, escuche, déme un minuto por favor. Se lo pido, se lo suplico.

Hacía tiempo que el sicario no escuchaba ese tipo de frases. Le vienen recuerdos de trabajos pasados. Es lo peor, lo más ingrato, cuando el tema se dilata y tienes que padecer las suplicas de los objetivos por salvar la vida. Algunos y algunas pierden la dignidad, se arrastran, suplican y ofrecen todo aquello que está en su mano para poder sobrevivir. Recuerda la mujer del contable de la imprenta en Fregene. El cadáver del marido a su lado, como un saco de patatas vencido sobre sus rodillas y ella gateando con la blusa abierta buscando el sexo en los pantalones de su verdugo. Él siempre ha preferido los trabajos rápidos, sin posibilidad de ver la degradación humana. En estas circunstancias, los lugares más idóneos siempre son los aseos de los restaurantes, los parkings, los ascensores; espacios sin vida, transicionales, fríos, intranscendentes. Dos tiros en la cabeza sin mediar palabra y a otra cosa.

Vuelve a colocar la pistola en la boca del encargo mientras otra gota de sudor dibuja una trayectoria idéntica a la anterior. Su reloj le marca la premura. No recuerda si le queda una caja o dos de Barolo. De Barbaresco tiene el almacén lleno, al contrario que de Chianti y Lambrusco. Sin duda es necesario hacer un pedido: Limoncello, Grappa..., lo justo para seguir adelante. Su bimba necesita una ortodoncia que lleva retrasando hace ya tiempo y su mujer se conforma con la reforma de la cocina antes que la de sus pechos. Acaba de caer en que el reloj no es el más idóneo para la ocasión. Se lo tenía que haber quitado. Le viene a la memoria el capítulo de una serie policiaca donde llegan a coger al asesino por los restos de sangre adheridos a la correa metálica. Mientras encara de nuevo la pistola repara en la cara del pobre diablo que tiene delante. Es un tipo guapo, incluso en esta situación parece un hombre atractivo. Aprueba el gusto de la hija de su jefe a la vez que ladea la cabeza censurándose esos pensamientos propios de maricones. La llamada no llega y eso le desespera. Hace tiempo que no oficia de ejecutor y sabe que le va a costar.

Creo que tengo alguna posibilidad todavía de sobrevivir. He visto la duda en el hombre que empuña el revolver. Espera algo, quizás una orden o la llegada de alguien. Es posible que solamente sea una ilusión mía a la que no sé si aferrarme o desterrar. Será mejor hacerse a la idea de lo peor pero, ¿por qué? No logro entender nada, ¿qué ha sucedido?, ¿qué he hecho? Ha transcurrido todo tan rápido desde su llamada. Apenas Laura me pudo avisar. “Escapa, huye, sal de ahí”. Intenté que me diera una explicación pero ella insistió. “No hay tiempo, no hay tiempo, me ha encontrado y sabe lo nuestro”. Mi vida siempre ha girado en torno a los dulces y a las mujeres. Mi perdición no podía ser otra que una mujer dulce. Laura lo es. Observo al hombre que sin duda va a acabar conmigo. Ha dado alguna muestra de nerviosismo pero no sé a qué responde. No es español aunque habla un perfecto castellano, y por su forma de vestir diría que el traje hace tiempo que no se lo pone o no es suyo. Lo va a estallar. El sudor se le acumula en la frente y es también visible en la camisa donde destaca una pequeña mancha de mermelada de arándanos. Me gustaría pensar que si me va a asesinar alguien preferiría que fuera goloso. Por lo menos compartiríamos algo, tendría alguna conexión nuestra existencia, mi final. Pero no puedo rendirme, tengo que pensar algo, tiene que haber alguna posibilidad. En esta posición y con las manos atadas a la espalda es difícil. Y aunque me zafara no tendría ninguna oportunidad comparando mi físico al suyo. Nunca me pegué en el colegio, también es verdad que mis relaciones de infancia eran más femeninas, pero cuando me insultaban por falta de virilidad nunca caí en el juego de resolver el malentendido a puñetazos. Mis armas de seducción no podían quedar dañadas. ¡Dios mío!, mi pensamiento es incontrolable, en cualquier momento puede llegar mi final y no estoy siendo capaz de construir ninguna estrategia para salvarme. Tengo que intentarlo. Desde mi posición me alcanza la vista a la cómoda y busco los ojos, el rostro, el cuerpo de Laura en las fotografías que coronan el mueble. Una lágrima me recorre la mejilla. La noto caliente, me quema y me hundo balbuceando su nombre mientras mi futuro asesino reniega de mi debilidad.

Roberto Zanchinni recompone su postura. Le ha causado cierta decepción ver a su objetivo venirse abajo. Maldice de nuevo, ahora en su idioma, y lamenta haber nacido. Retrocede el arma para quitar el seguro y amartillarla. Percibe el sobresalto en su víctima al oír el accionamiento del percutor, el pánico en sus ojos, y mira el reloj por última vez. No hay marcha atrás, la hora ha expirado y no ha habido llamada salvadora. Es la primera vez que mata en España. Todavía no sabe cómo deshacerse del cuerpo, ni limpiar el lugar pero el encargo no presenta problemas, no tiene familia, sólo la hija del jefe. En ese instante el móvil del sicario suena sobresaltando el clima de tensión.

He abierto los ojos al oír el móvil e intento concentrarme por escuchar al otro lado. Creo que voy a vomitar. Me mareo, me cuesta mantenerme en la silla, pero puede ser mi salvación. Escucho la conversación en italiano y no logro entender nada. Creo que está pidiendo vino y otros productos por teléfono. He escuchado perfectamente las palabras mascarpone, parmigiano, pecorino. Todo me resulta surrealista. Sin lugar a dudas debe ser un error. Me van a matar por una confusión. Tengo que decírselo, ¡soy inocente! Espero el momento en que deje de hablar para demostrar mi inocencia, pero mi verdugo al colgar me encañona el arma en la boca mientras me cierra los ojos con su otra mano. Es el final. Sin embargo otra llamada de móvil vuelve a alargar mi agonía. Realmente es un final patético el de mi existencia. Voy a ser asesinado por equivocación, alargando mi sufrimiento entre pedido y pedido de salamis y mortadelas. Siento la presión de su mano sudorosa en mi frente mientras intercambia palabras con su interlocutor en un rápido italiano. No me dará opción como antes, en cuanto cuelgue me descerrajará el tiro, me iré sin más. Una muerte cruel a una vida dulce. Hace tiempo que no oigo nada. No sé si estoy muerto ya, pero se ha hecho el silencio. Siento como su mano se retira resbalando por mi pelo. Abro los ojos, le veo serio frente a mí. Su imagen llena todo mi campo visual, no alcanzo a ver nada más. Es todo él. Me mira fijamente mientras retrocede el arma a la vez que acciona el mecanismo de una navaja automática que se ha sacado del pantalón. Presiento que ha cambiado de opinión. Seguramente no quiere ruidos, prefiere un arma blanca. Ahora sé que va a ser más doloroso y lento, sé que voy a sufrir. Sin embargo, en un rápido movimiento corta mis ligaduras, me incorpora de la silla y me estampa dos besos estrechándome en un abrazo.
- Ciao bello, come stai? ¡Bienvenido a la Familia! Y alegra esa cara, que por suerte no la he tocado. Saldrá bien en la foto del bautizo. Por cierto, ¿qué tal te sale el tiramisú?

El Cacho, patrimonio cultural de Las Perdices

2009


Segundo premio

Noemí Irma Brown

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El Tropezón no era una taberna como cualquiera. Porque Cacho, “El Pensador”, tenía allí su parada. En las Perdices no había otro que, como él, fuera capaz de pensamientos tan desopilantes.
Entrar al Tropezón era un lujo que sólo podían darse los que tenían más de dieciocho, porque tal vez, quién sabe, allí podría escucharse alguna inconveniencia, alguna palabra fuerte, o alguna idea revolucionaria.
Pero la revolución que proponía el Cacho no era una pueblada a mano armada, ni siquiera un plan para fastidiar al intendente.
Lo que El Pensador había tirado en medio de la monotonía de las Perdices, concentrando la atención de todos, era, nada menos, que una manera diferente de ver las cosas que todos conocían, o creían conocer.
Llevaba el pelo negro peinado con raya al medio. Si, de repente, los mechones que le caían sobre la frente se sacudían un poco, y sus ojos dejaban de ver lo que veía el resto, los presentes sabían, con seguridad, que tenía algo importante para decirles.
Todos conocían el movimiento sereno de sus manos ásperas acompañando las sentencias, el ademán exacto que precedía a la revelación.

Un día, por ejemplo, en medio de una charla cualquiera, hizo un silencio prolongado y levantó apenas, la mano derecha. Más de uno bajó la copa, esperando el próximo comentario. Los más jóvenes se arrimaron a la mesa, dispuestos a escuchar sus palabras. El Cacho tomó otro trago, se quedó mirando el techo por un rato y dijo, sin dirigirse a nadie en especial:
- Y es así, no más, algunos se rascan, porque andan necesitando que les pique.
Todos se miraron. Como si para entender lo que habían oído tuvieran que asegurarse de que los demás ya lo habían comprendido. Tomó él último trago, saludó y se fue.
Pero nada era igual, después de sentencias como esa. Algunos se quedaban repitiéndolas con admiración, otros se iban en silencio para meditar a solas. Por un lado, o por otro, la frase iba a correr como rata en los maizales y en poco tiempo sería patrimonio del pueblo.
El dueño del boliche se sentía orgulloso de tener entre los asistentes a semejante personaje. Era casi un servicio especial, una atracción que agregaba valor a su humilde comercio.
En otra oportunidad, mientras sonaba una chacarera en el mostrador de quebracho, la Gorda pasó por la vereda, y lo saludó con una sonrisa. Había muchas gordas en el pueblo, pero ésta era la que, con más fundamento, se había ganado el apodo. El Cacho contestó con una inclinación de cabeza, llevándose dos dedos a la frente, como si se sacara un sombrero, y después, como mirando vaya saber a dónde, comentó:
- Es como yo digo. – y Don Hipólito, el patrón, paró la música para escucharlo mejor - La gordura es un tema complejo. No es gorda porque come mucho. No. Come mucho porque es gorda.
Y tomó un sorbo, como si tal cosa. Pero nadie, en Las Perdices, después de ese comentario, volvió a mirar a la Gorda de la misma manera.
Todos recuerdan aquel día en que la lluvia los había encerrado entre las cuatro paredes del boliche. Nadie parecía dispuesto a dejar la reunión. Las noticias que llegaban de la ciudad habían dividido a la concurrencia en dos bandos.
Hubo mucho alcohol y demasiado tiempo para opinar. La discusión corrió por las mesas, tan rápido como la caña. Cuando la cosa se puso complicada, todos buscaron la mirada del Cacho, para zanjar la cuestión.
Él parecía estudiar la lluvia a través de la ventana, pero debe haber sentido la esperanza de los vecinos sobre sus hombros, porque en ese mismo momento se puso de pie y sacudió el mechón. Un ruido de sillas abandonadas, enmarcó la expectativa. Pero sólo dijo:
- Tenemos demasiadas respuestas. Nos están haciendo falta las preguntas.
Tomó el sombrero, metió la cabeza entre el ala y el cuello del saco, y saliendo del bar, entró en el aguacero. El silencio en que quedaron fue más violento que el pleito que tenían.
A la mañana siguiente, el cielo estaba claro, pero el desconcierto y la resaca pesaban por igual en el ánimo de los parroquianos y, por varias semanas, nadie se animó, en el Tropezón, a comentar nada sobre política.
Una noche, mirando las vigas del techo, dijo:
_ La edad de una persona no se mide en tiempo, sino en penas.
Todos sabían cuántos años tenía el Pensador, porque había nacido en el pueblo y nunca se había alejado. Y nadie se animó a preguntarle cuántas penas llevaba vividas, porque en Las Perdices, la gente sabe que hablar de la edad es mala educación.
Después de largar eso, como si lo hubiera atacado un cansancio de leguas, se fue mascullando algo. Todos imaginaron que era un saludo, y lo despidieron inclinando la cabeza que, en los pueblos, es la forma más natural de mostrar respeto.
Esa noche, Don Hipólito cerró las puertas una hora antes, pero nadie se fue a su casa más temprano, porque lo que había dicho el Cacho, merecía ser analizado en forma colectiva y nada es más parecido a una junta deliberante, que un bar como el Tropezón.
Medio pueblo se preguntaba dónde elaboraba el Cacho esas conclusiones. Podía ser en su taller de carpintero, mientras cepillaba o lustraba la madera, como le había enseñado su finado padre. Podía ser. Pero casi todos apostaban a que era durante la pesca, solo, con su línea, mientras miraba flotar el corchito, horas y horas, en silencio. Nadie se le acercaba y nunca supieron si pescaba algo, pero todos respetaban esos momentos porque estaban convencidos de que era allí que se inspiraba.

Un día, faltó la magia. Se iba gastando de a poco, como se va despintando el techo de la pieza. De a poco. Y de repente, un día cualquiera, todos se dan cuenta de que hace falta pintura.
Tal vez porque la rutina lava todo. Tal vez porque, con el tiempo, cada año, más jóvenes viajaban a la ciudad para estudiar o trabajar, y esa falta, apagaba las reuniones. Tal vez, porque el Cacho ya tenía muchas penas.
El caso es que llegó un momento en que el bar se llenó de monotonía. Temas no faltaban: el futbol, y las mujeres, por supuesto. Pero rara vez el Cacho los sorprendía con una revelación. Cuando abría la boca, cuando el mechón gris se balanceaba, cuando sus manos ásperas iniciaban el ademán familiar, todos esperaban que la chispa brotara. El Pensador, sin embargo, se quedaba con el puño en el mentón, mirando hacia la nada, como la estatua, duro y mudo como el bronce. Y la leyenda se iba borrando, despacito, igual que la huella del sulky con el aguacero.

Después de varios meses de caña triste y atardeceres melancólicos, una mañana, el taller del Cacho amaneció cerrado. Tampoco vieron al filósofo en el río por la tarde, y esa noche, como temían, no apareció por el bar. Una pregunta flotaba entre los parroquianos, una pregunta que no se animaban a contestar. Cuando la mayoría de las mesas estuvo ocupada, Don Hipólito se acercó para cumplir una misión. Antes de encarar la tarea, se secó una lágrima con el repasador, y sacó del bolsillo del delantal una esquela escrita con lápiz de carpintero. Él sabía que era la persona indicada para leerla. La letra, gruesa y redonda, decía:

Muchachos:

Me voy, porque quiero seguir entre ustedes.

Cacho

sábado, 20 de septiembre de 2008

La marcha fúnebre

2008
Primer premio
María del Mar Sancho Sanz
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Mª del Mar Sancho dirigiendo unas palabras durante el acto de clausura

Somos pocos los que recordamos aquel tiempo en que los muertos habían de pagar entierro en cada uno de los pueblos que atravesase su fúnebre comitiva. Teófilo Ferón era un pobre músico y un músico pobre. Lo éramos todos los maestros de la orquestina que amenizaba las tardes de invierno en el café Delicias y las de verano en la pérgola del parque San Martín. Quizás por ello interpretábamos tan sólo melodías en tonalidad mayor, partituras alegres que nos empaparan de júbilo a nosotros y a aquellos que, sin pretenderlo, sorbían nuestra música mientras tomaban café, coñac o refrescos. El domingo anterior a que Teófilo muriera sin razón alguna para hacerlo, habíamos ido todos al Apolo a ver una película de Jorge Negrete. Aquellas canciones en dos por cuatro eran también joviales, aunque la letra historiase sinsabores. Al salir había anochecido y el aire segregaba una humedad melancólica. Nos quedamos callados, como si ya nos lo hubiésemos dicho todo y, a partir de entonces, sólo aquello trascendente mereciera ser pronunciado. Teófilo, que no era de los que tararean y prefería extirpar melodías de su contrabajo, comenzó a cantar recio. “Si muero lejos de ti, que digaaaan que estoy dormido, y que me traigan aquí, que digaaaan que estoy dormido, y que me traigan aquí, México lindo y querido, si muero leeeejos de tí.” Algunas cosas carecen de significado en el momento en que acontecen y, sin embargo, más tarde cobran un sentido crucial e inquebrantable. De ese modo, cuando Teófilo murió entendimos que no podíamos dejarlo en la capital, sepultado en tierra ajena, sino que su anhelo coincidía con el de Jorge Negrete. Nos había hablado de Moraleja del Conejar en las suficientes ocasiones como para que conociéramos su ubicación, su gentilicio, la fecha de la fiesta, los nombres del alcalde y del cura y otros tantos detalles que, antes intrascendentes, cobraban ahora trascendencia. Sus padres eran labradores de un minifundio que ni siquiera les pertenecía. No era difícil percatarse de que no podían costear el regreso del hijo muerto a casa y tampoco viajar ellos hasta la capital para asistir al entierro. Tras examinar detenidamente un mapa y computar que eran veintisiete los pueblos a atravesar y, por lo tanto, veintisiete las costas de entierro a satisfacer, decidimos realizar una colecta entre los componentes de la orquestina. Sobraban voluntades pero ninguno de nosotros era pudiente y el total recaudado alcanzaba apenas para pagar lo correspondiente a tres poblaciones. Hubiéramos podido tocar extraordinariamente en algún bautizo, boda, verbena o acompañar con marchas fúnebres algún entierro para recabar los fondos precisos, pero la situación no podía demorarse ni un día solo y todas las soluciones prestas que supimos idear fueron un tanto heterodoxas. Entre ellas triunfó la propuesta de Benedicto López, violonchelo segundo, que tenía un primo conductor de ambulancias quien, a cambio del montante de la colecta, estaría sin dudarlo dispuesto a transportar a Teófilo hasta Moraleja del Conejar como si solamente estuviese enfermo. Rebuscamos en su armario y, como no logramos encontrar otro porque acaso no lo tenía, lo amortajamos con el traje blanco de los conciertos. Antes de que partiera risueñamente tendido en la ambulancia, le interpretamos un rondó rápido a modo de despedida. Nos habíamos ofrecido voluntarios para acompañarlo Benedicto, por compartir conversación con su primo, y yo porque, sin haber sido más próximo a Teófilo de lo que fueron los demás, creía fervoroso en la letra de las canciones de Jorge Negrete. Al terminarse la ciudad la carretera bifurcaba campos resecos, tiznados por la tristeza ocre de principios del otoño. Aún hacía calor y el silencio se iba haciendo denso en el asiento delantero de la ambulancia donde viajábamos los tres abstenidos de hablar por no quebrantar tan respetuosa calma. Habíamos atravesado ya varios valles y seis pueblos cuando el primo de Benedicto rompió el luto con una blasfemia. Un hilo fino de humo escapaba por la rendija del capó y ascendía alborozado. Detuvo la ambulancia y se precipitó al exterior donde, al abrir la cubierta del motor, una nube vaporosa ensombreció la feliz consecución de nuestro propósito. Todos los intentos de reparación fueron en vano, desde los iniciales del primo que aparentaba cierta pericia hasta los desesperados de Benedicto y míos que tan sólo éramos capaces de recomponer las cuerdas rotas de nuestros instrumentos. Avanzaba hacia nosotros, aún pequeño por la distancia, un pastor seguido de su rebaño de ovejas con el propósito aparente de mitigar su tedio con nuestro humeante incidente. El primo, que era un hombre prudente y por ello propicio para el encargo, nos apremió a subir a la ambulancia y arrancó con el capó entreabierto dejando, a escasísima velocidad, un fastuoso rastro de humo y al pastor sorprendido. Esforzadamente logramos alcanzar el siguiente pueblo y allí la herrería, que era lo más afín a un taller mecánico con que contaba el lugar. Transportar a un hombre gravemente enfermo fue motivo suficiente para que el herrero y otros tantos aldeanos se emplearan afanosos en la recomposición del vehículo y, cuando se evidenció que no había remedio posible, muchos de ellos ofrecieron sus carros y caballerías para acarrear al enfermo hasta la cabeza de comarca donde existía un hospital. Estábamos empeñados en negativas cada vez más temblorosas cuando se personó el farmacéutico con el cometido de asistir al enfermo y, sin que fuésemos capaces de impedirlo, el gentío que se había ido congregando desde nuestra llegada, abrió el portón haciendo que la luz entrase violenta en el interior de la ambulancia. Teófilo se quedó inmóvil, riguroso, lívido, observado por aquellas gentes que no lo conocían pero aún así diagnosticaron al instante que había muerto. Nada pudimos hacer para evitar que lo condujeran al depósito de cadáveres, improvisaran un velatorio y principiaran a organizar todo aquello preciso para darle al día siguiente cristiana sepultura. Si había carecido de sentido enterrar a Teófilo Ferón en la capital, más insensato aún resultaba dejarlo en aquel pueblo del que él no habría conocido posiblemente ni el nombre. Benedicto y yo estuvimos de acuerdo. Su primo podía quedarse hasta que solucionara la avería de la ambulancia pero nosotros compraríamos un carretón y esa noche sacaríamos a Teófilo del depósito. Nos acomodamos en la fonda y, cuando faltaba poco para amanecer, llevándonos una sábana tomamos el camino del cementerio. El sepulturero era un hombre plácido, de aspecto ingenuo, que velaba en solitario a Teófilo en una pequeña sala adyacente a la que era su morada en la entrada al camposanto. Me cubrí con la sábana y comencé a dar alaridos hasta que el hombre, extrañado, salió a averiguar qué sucedía. Armonicé entonces los gritos con una danza espeluznante que logró atemorizarle hasta el punto de llevarlo a refugiarse en su casa y echar los cerrojos. Cuando complacido por mi interpretación, en buena parte musical, alcancé el carretón, Benedicto ya había recostado a Teófilo sobre la paja y me aguardaba en el pescante dispuesto a partir. El trayecto hasta la población principal de la que nos habían hablado fue lento pero apacible. Junto al hospital habían mencionado la existencia de una estación de tren que nos ofrecía la ocasión, más expuesta pero veloz, de llegar hasta las proximidades de Moraleja del Conejar en apenas unas horas. Compramos tres billetes y unas gafas oscuras de ciego que procurasen justificar la torpeza en los movimientos de nuestro compañero músico. El ascenso al vagón resultó dificultoso pero, una vez acomodados en el compartimento, el viaje se tornó tan placentero que hasta me pareció percibir una tenue sonrisa en el rostro de Teófilo. La percusión monótona del ferrocarril insinuaba melodías que habitualmente interpretábamos, a veces entusiasmados, a veces desidiosos, en las tardes de café. El paisaje fugaz, la perseverancia de las catenarias, el cielo idéntico y los desasosiegos nos hicieron caer dormidos. Abrí los ojos ante la insistencia desatendida del revisor, que zarandeaba un brazo a Teófilo en la intención de despertarle para ver nuestros billetes. Se los proporcioné y, sin malicia alguna, me advirtió que mi amigo estaba pálido, casi cadavérico, posiblemente mareado por el traqueteo del tren. Resté importancia a su opinión revelándole que aquel señor tenía tan deplorable aspecto no por el mareo, sino por la embriaguez y añadí que, en contra de su voluntad y obligado por razones de honor, regresaba a su pueblo para casarse con la muchacha menos agraciada de los contornos. Le divirtió la explicación y con una risa gutural prosiguió su trabajo por el resto del vagón. Desde entonces el recorrido fue sosegado, tan sólo la tentativa de conversación por parte de una mujer vestida de alivio de luto empeñada en que el rostro de Teófilo le era familiar y la impertinencia de un perro olisqueando el cuerpo del contrabajista perturbaron nuestro propósito de pasar desapercibidos. Al arribar al fin a la estación, el revisor se prestó solícito a ayudarnos para descender a nuestro desdichado amigo y, una vez en el andén, le propició unas palmadas de ánimo en la espalda y nos deseó que, al menos, disfrutásemos de la boda. Moraleja del Conejar era el siguiente pueblo. El dinero de la colecta estaba ya en los bolsillos del primo de Benedicto y habíamos agotado nuestros escuálidos ahorros entre la fonda, el carretón y los billetes para el tren. No habíamos comido en todo el día ni atisbábamos la posibilidad de hacerlo. Menos aún podíamos costear un transporte por humilde que fuera hasta la población vecina y, conscientes de ello, alzamos a Teófilo uno por cada lado y comenzamos a caminar por la carretera. Habríamos avanzado apenas un kilómetro cuando nos alcanzó una camioneta con un melón toscamente dibujado en su portón de atrás. El vehículo se detuvo y el melonero, un hombre orondo de camiseta sucia, nos incitó a subir sin preguntar hacia dónde íbamos. No se extrañó del estado de Teófilo y, una vez acomodados los tres entre los melones, nos dijo que se dirigía a Moraleja y, si no nos complacía el lugar, recorrería después otros cinco pueblos más. Agradecimos su benevolencia y, mientras nos maullaban los estómagos estimulados por el olor dulzón de la fruta, la camioneta conquistaba nuevas tierras más resecas cada vez. Frenó bruscamente, haciendo rodar delirantes todos los melones, y a través de la diminuta ventanilla distinguimos a dos hombres con los rostros cubiertos y las manos armadas. Nos hicieron descender y, maldiciendo la falta de destreza de Teófilo, dispararon a uno de los melones que se había deslizado hasta el suelo. El fruto saltó en pedazos jugosos y su vientre de pepitas se esparció sobre todos nosotros. Cuando partieron con la camioneta y su melosa carga dejándonos a un costado de la carretera, el melonero rompió a llorar inconsolablemente como lo hacen los niños. Alzamos a Teófilo y reanudamos la caminata acompañados del gimiente vendedor que detuvo su congoja para preguntarnos qué le sucedía al amigo ciego. Una vez que le hubimos aclarado que había muerto y por ello regresaba a su casa, reanudó el llanto adornado con agudos hipos hasta que, cierto tiempo después, divisó a lo lejos un carromato que avanzaba en nuestra dirección. Tenía un aspecto marchito, repintado de azulón y con unas cortinas rosas rematadas por puntillas en todas sus ventanas. Lo guiaban dos bueyes cansinos azuzados por un hombre anguloso de cabellos abrillantados y, cuando estuvo prudentemente cerca, el melonero partió corriendo a su encuentro. No le fue difícil convencer al cíngaro para que nos permitiese unirnos a la nutrida comitiva que viajaba en el carromato. Una vez en su colorido interior, la mujer de mayor edad, desde cuyo pañuelo pendían pequeñas monedas sobre su frente, colocó unos cojines abigarrados bajo la cabeza de Teófilo en la argumentación de que la muerte debiera ser más cómoda que la vida. Recorrían la región proyectando cine y exhibiendo en el intermedio de las películas leves números malabares. Apuntando los enormes rollos recostados en un rincón, uno de los muchachos demasiado joven para lucir tan retocado bigote, nos relató, por si estuviésemos interesados en asistir a la función, que esos días echaban un filme de Jorge Negrete. Benedicto y yo nos miramos presumiendo que tal coincidencia garantizaba el logro de nuestro cometido y dos horas después entramos triunfantes en Moraleja del Conejar. El carromato se adentró hasta la plaza mayor donde descendimos con los cuerpos anquilosados y las almas dichosas. Recostamos a Teófilo junto a una fuente cuyas aguas manaban a través de numerosos caños canturreando una melodía prodigiosa. Dos ancianos que se hallaban sentados en una poyata de piedra frente al último sol, tras murmurar conjeturando, se levantaron llegándose hasta nosotros para indagar por qué Teófilo, el hijo de la señora Felipa, yacía junto a la fuente tan elegantemente ataviado. Argumentamos la historia una vez más y les rogamos que nos indicasen como llegar hasta la casa de esa señora Felipa. Se hallaba en la parte alta del pueblo, aledaña a la iglesia, y, en el transitar esforzado sustentando al muerto con nuestros desnutridos brazos, fueron sumándosenos numerosos lugareños hasta formar una peculiar procesión. El trayecto era lo suficientemente largo o nosotros lo recorríamos tan reverentemente lentos como para que se unieran a la comitiva varias plañideras y el cura párroco quien, ejerciendo de anunciador de la noticia, fue el primero en expresar su pésame a los sorprendidos padres. Contribuimos en todos aquellos menesteres que la ocasión requería y, al caer la noche, mientras la madre teñía de negro en una olla el traje de Teófilo, nos sirvió unas lentejas que nos produjeron un contento inapropiado. No teniendo donde dormir decidimos ir al cine y, a la mañana siguiente, ojerosos y satisfechos por haber cumplido nuestro propósito y, con él, la última voluntad de Teófilo, resolvimos emprender el viaje de retorno. Antes de partir, con un violonchelo descascarillado y un violín de tres cuerdas prestados por los cíngaros, interpretamos varias melodías desusadamente alegres durante el funeral. A su fin el bobo del pueblo aplaudió con entusiasmo y el cortejo partió presto, como si el viaje no hubiese finalizado aún, por el amarillento camino que llevaba al cementerio.

La bella Ponce

2008
2º premio
Francisca Muñoz Sastre

Rosa La Bella Ponce era la alegría de la calle Obispo. Cada mañana, cuando la gente ya había olvidado el calorcito de la almohada, Rosa La Bella Ponce salía al balcón de su pisito para regar los geranios, y aunque el cielo de su Habana Vieja amenazara con sacudir la ciudad, ella nunca faltaba a su ritual.

-¿Cómo se encuentra hoy mi Comandante? – le decía a su tomeguín de pelaje rojo y pico amarillo, cuyo color se encendía más al notar cercana a la jaula la mano de su ama.

Después canturreaba algún ritmo salsero y movía su cuerpo al mismo son, mirando de reojo al quiosquero de enfrente, que le había robado el corazoncito. Le veía cada mañana salir del portal de la iglesia para abrir su puesto solo unos metros más allá. No sabía a ciencia cierta cuando empezó a interesarse por Sabino Lima, aunque debía haber sucedido hacía algunas semanas, pues pese a que el invierno ya tocaba a la puerta, Rosa La Bella Ponce salía al balconcito ligerita de ropa para captar la atención de aquel cubano escondido tras un diario.
Una vez estuvo a punto de gritarle algo para que la mirara, pero a penas si tuvo tiempo de echarse atrás, no fuera que aquel hombre de la guayabera color marfil se asustara. Algún día incluso se aventuraba a pararse frente al quiosco, y ante la anodina mirada de Sabino Lima tras unas lentes que debieron de pertenecer a algún familiar lejano, se servía dos o tres diarios, hasta el Granma Internacional, porque no quería ni imaginar que la tomara por una cualquiera.
Cuando se despedía de él y cruzaba la calle hacia su portal, se giraba después de dar varios pasos y le sorprendía mirando por encima de las gafas el contoneo de sus espléndidas caderas.

De tantas preguntas que hizo por el barrio supo que la melancolía que embargaba a aquel hombre era causada por la muerte de su esposa al dar a luz a su único hijo. Pero su bebito sólo aguantó seis días más. Sabino Lima, que había gastado de tanto besarla la medallita de la Virgen de la Caridad del Cobre, había caído en una depresión. Y, doliéndole cómo le dolía la muerte de su esposa, se lamentaba aún más de que la madre y el bebito ni siquiera estuvieran juntos, porque sin haber tenido tiempo de bautizar al crío, le había dado pasaporte directo para el limbo.
La Bella Ponce estuvo tentada un día que se había levantado con cara de mala noche, a seguir sus pasos cuando se adentró en la iglesia, pero se contuvo como si la fuerza de los orishas la hubieran hecho retroceder.

Una mañana, después del consabido repaso a los geranios y al tomeguín, Rosa La Bella Ponce decidió echar el resto y, ataviada con una bata de dibujos chinos, bajó al quiosco provista del desayuno para aquel hombre desganado.

-Sabino, deje el periódico a un lado y coma un poco – le dijo. Acercó un taburete para sentarse junto a él y le puso sobre las rodillas el plato con las rodajas de pan para que las mojara en el café con leche – los diarios nunca nos dicen lo que pasa y además, en esa guayabera ya caben dos Sabinos de lado.

Y Sabino Lima sonreía mientras sorbía el café con leche. Ella pensaba que su cara se sonrojaba por la calentura del café, pero en realidad lo que no imaginaba era el calambrazo que sentía aquel hombre cada vez que ella le rozaba con sus rodillas desnudas.

No pasaban más de dos días seguidos sin que Rosa La Bella Ponce bajara para hacer compañía a Sabino Lima. Sentaditos en el portal del quiosco, hablaban de cosas banales, o simplemente evitaban sus miradas, dirigiendo la vista hacia el tomeguín que cantaba alegre en el balcón. Ajena a los rumores que circulaban entre las paredes de la calle Obispo, ella decidió tomar la iniciativa.

-Sabino, ¿sabe usted que lo que más me alegra el alma es bailar?-lo había dicho como quien no quiere la cosa

El no decía nada, solo sonreía.

-Este sábado toca un grupo nuevo en el Salón Rosado de la Tropical – Le había salido de sopetón, esperando lo peor
-Si, lo vi anunciado en el Cuba Free Press – dijo Sabino
-No me lo perdería por nada del mundo

Y después de casi una hora de diálogo, ella le convenció.

Aquel sábado pasaron una velada muy agradable, aunque sin moverse de la silla, y pese a que Sabino Lima decía que todavía guardaba luto, la vista se le iba cada vez que algún cubanito sacaba a bailar a Rosa La Bella Ponce, y se quedaba hipnotizado mirando los dibujos chinos del vestido de aquella mulata.

Tras el tercer daiquiri le contó su obsesión por el limbo, y lo triste que se sentía porque ni siquiera podría reencontrarse con su hijo al morir.

-Eso del limbo debería ser una guardería en el Cielo, con su horario de visitas

Y a pesar de lo serio de la conversación, el cubano de la guayabera no podía reprimir una sonrisa al escuchar las ocurrencias de aquella mujer.
De regreso a su Habana Vieja, Sabino casi le robó un beso, pero se echó atrás en el último momento. Rosa La Bella Ponce lo entendió, aunque sólo le hubiera faltado un daiquiri más para meterse en la guayabera de aquel hombre y hacerle tocar el cielo en la oscuridad del portal.

Tan absorta había estado Rosa La Bella Ponce con los últimos acontecimientos, que no se dio cuenta de que el invierno ya se había instalado en una esquina de su salón, pillándole tan baja de defensas que agarró tal catarro que la tuvo en cama más tiempo del que podía recordar.

Sabino Lima se reencontró con su depresión al contemplar desde el quiosco los geranios mustios y que el Comandante ya no era tan rojo como antes, incluso había dejado de cantar.
Llegó a pensar lo peor, y dando por sentado que hubiera sido demasiado perfecto que aquel monumento se hubiera fijado en él, decidió cerrar el quiosco y marcharse por la puerta de atrás.

La calle Obispo vivió aletargada hasta que Rosa La Bella Ponce, aunque con una sensible pérdida de peso, apareció un día en el portal.
Se quedó de una pieza de pie frente al quiosco cerrado, con su vestido de dibujos chinos meciéndose por la suave brisa que atravesaba toda la calle. Y sintió mucho frío, más del que hacía aquella mañana.
En el suelo, el paquete de periódicos del día anterior atados con un cordel morado. La noticia de la portada arrancó una sonrisa a Rosa La Bella Ponce. ¡Maldita sea la gracia! pensó.
El Papa había decidido echar el cerrojo al limbo y confiar a todos sus moradores a la misericordia de Dios.

lunes, 1 de octubre de 2007

Milagro en la alberca

2007 (Segundo premio)

Miguel A. Carcelén Gandía
Miguel A. Carcelén recogiendo el premio y diploma como segundo clasificado en la VII Edición. ----------------------

- ¿Y qué le vamos a hacer, marido? Bien que nos lo advirtió el cura antes de casarnos, que aun con dispensa de Roma y todo los casamientos entre primos traen hijos tontos. Y tú, que nada, que eso eran cosas del siglo pasado. Pues ahí lo tienes. Tantas prisas y ahora no hay día que no se te caiga de la boca la monserga del crío a medio hacer.
Y Nico, en su cortedad de luces, espiando la conversación entre sus padres entendía que como no estaba hecho del todo, aún tendría su brazo izquierdo posibilidad de crecer e igualarse con el derecho.
- ¿Dónde está el trozo de brazo que te falta, Nico?, ¿lo ha echado tu madre al puchero?
Nico se reía. Porque Nico tenía una sonrisa encantadora -apenas bobalicona-, quince años, pelo ralo, dientes grandes, una cicatriz rencorosa en la rodilla, dos pares de pantalones idénticos, una novia impedida y una bondad natural que ya la hubiese querido para sí cualquier santo agrio de los que adornaban el retablo del templo del pueblo.
Nico también tenía un padre amargado y una madre cuyo único deseo consistía en morir después que su hijo para poder cuidar de él hasta el final, y antes que el marido para gozar en el cielo de, al menos, un tiempo sin sus palizas. Suponía la buena mujer que en el cielo le sería igual de difícil sisarle al esposo unas pesetejas con las que conseguir algo de sustancia que alegrase el guiso soso de todos los días.
A Nico le gustaba hacer reír, le encantaba confundir su risa franca con la alegría de la gente. Era un modo de ir expulsando de su cerebro los gritos del padre y el llanto de la madre. No le apetecía recordar los golpes que se oían en la habitación contigua después de que su madre, invariablemente con cara de resignación, le dijera: “Anda, cielo, vete a echar la siesta”. No le gustaba dormir la siesta a las once de la mañana o a las ocho de la tarde, cuando dictase la borrachera de su padre. Tampoco le gustaba la sopa de pan con que se despachaban todos los santos de los días debido a lo mal que andaban las cosas en el campo, según su padre, y a lo mucho que costaba el aguardiente, según su madre. Ni la sopa de pan ni el chusco pétreo que la acompañaba.
- Vengo a por el tabaco de mi padre, Antón. ¿Hay por ahí tirillas de tabaco? –preguntaba con su lengua de trapo.
- Al fondo del mostrador te he guardado unas cuantas, criatura –malamente vocalizaba el tabernero.- ¿Cuántas tienes ya?
- Un montón, Antón, pero me falta otro montón, Antón –y sonreía de lo bien que sonaba lo que acababa de decir.
El estanquero le había hablado de una promoción en la que al reunir un kilo de tirillas de tabaco regalaban una silla de ruedas. “Pero, Nico –le advirtió-, un kilo de tirillas son muchos montones de tirillas, tenlo presente.”
Él las prensaba y las escondía en la funda del colchón, y se alegraba al comprobar cada cierto tiempo cómo aumentaba su grosor o, al menos, en esa ilusión se mantenía.
- Toma, criatura, cómete estas aceitunas, que más que un guacho pareces la fotocopia de una lagartija de lo esmirriado que estás.
- Pues yo quiero ser una lagartija, Antón, una lagartija. A las lagartijas les crece la cola si se la cortan y yo quiero que me crezca el brazo.
Y los abuelos, entonces, ya no se reían con la ocurrencia del chiquillo. Más bien amagaban un gesto de pena.
A Zulema también se lo había confesado: “De mayor quiero ser una lagartija, para que se me igualen los brazos.” (Para sus adentros pensaba que preferiría que a la niña le crecieran las piernas antes que a él el brazo). Y Zulema, que a todos los efectos ejercía de novia oficial de Nico, se sonreía. Sus doce años daban para entender que un niño, cuando se hacía mayor, se convertía en un ser con más futuro que pasado, nunca en una lagartija. “Pues a mí me gustaría ser una rana, para poder dar grandes zancadas”, decía ella mirándose las piernas raquíticas, inservibles.
El chiquillo soñaba con el día en el que pudiera llevarla en su flamante silla de ruedas a la orilla de la charca de la huerta de su padre. Allí, de atardecida, las ranas componían mediocres serenatas que a Nico se le antojaban hermosísimas. Cada vez faltaba menos para el gran momento, el colchón iba engordando.
- Nico, le estás quitando el trabajo a los barrenderos –se burlaban de él, sin mucha malicia, los desocupados de la plaza al verlo afanarse en la recogida de cintas de tabaco.
Nico era parte del paisaje municipal, como las cigüeñas de la torre, el reloj del ayuntamiento o el depósito de agua. “Es que no hay pueblo sin tonto ni estación de tren sin monja”, sentenciaba el alcalde siempre que se cruzaba con el chaval para dar salida a la antipatía que sentía por su padre, sólo porque se le había adelantado como pretendiente de María. Nico se reía, y eso exasperaba todavía más al munícipe principal. “Y pensar que podría ser yo el padre de ese retrasado, ¡válgame el cielo! Si es que Dios sabe hacer bien las cosas...”
- Mañana toca cavar cepas, así que que se acueste pronto el crío y deje de entretener a la tullida del vecino, que tendrá que madrugar –casi escupía el padre a su mujer.
Si Nico nunca llegó a aprovechar las facilidades que le dieron para que estudiase en la capital en un centro de disminuidos se debió más al interés del padre en sacar partido a la fortaleza de sus brazos en las labores del campo que a la desidia de los servicios sociales del ayuntamiento. El mal viaje de una azada dejaba constancia en la rodilla de Nico de lo muy temprano que había sido su bautizo en la viña.
La mala suerte quiso que al día siguiente el aprendiz de agricultor se entretuviese en la plaza recogiendo tirillas y llegase al majuelo cuando el padre ya había desgranado cuantas letanías de maldiciones se sabía. Esa tarde se emborrachó como en las grandes ocasiones y Nico durmió la siesta durante muchas horas. Como castigo a su tardanza se le prohibió visitar a Zulema. Probó entonces el muchacho por primera vez en su vida el sabor salobre de las lágrimas, y la madre se maravillaba al verlo llorar y reír a un tiempo, ya que la sonrisa en él había pasado a ser naturaleza y ni la tristeza más profunda conseguía desdibujársela.
Dicen que fue en el tiempo de las cerezas primeras y los vencejos tardíos cuando vieron pasearse a Nico por los alrededores de la plaza con gesto cabizbajo. Fue novedad; y hasta el alcalde se compadeció de él. Antón tuvo que abandonar su refugio del mostrador para acercarle al tonto del pueblo no un plato, sino una buena bolsa de aceitunas que Nico ni probó. Cuando se la entregó intacta a su madre ésta supo ver flotando en el agua verdosa pedacitos del alma del muchacho. Al tercer día de ver a Nico en tal estado de postración, que ni el pan blando del día –sisado muy a escondidas al padre- comió, se saltó la prohibición del marido y ella misma, de la mano, llevó a su hijo a ver a Zulema.
Nico y la niña hablaron largamente, como dos viejos conocidos reencontrados tras una larga separación; fue como redescubrir un barbecho reinventado tras la lluvia. Hablaron ajenos a los golpes que unos cuantos tabiques más allá se dejaban apenas oír. Nico no pudo ver la cara amoratada de su madre cuando, a escondidas, se acercó a la casa a recoger las tirillas del tabaco. Sí la vio, en cambio, al regresar del estanco. No lloró porque había agotado todas las lágrimas. El reguero salado que unía su casa con el estanco tardó varias jornadas en secarse. “Lo siento, Nico, ¡quién iba a pensarse que...! Si lo de las tirillas caducó hace lo menos dos años... Creo que te dije que era casi imposible reunir un kilo...”. Esas palabras del estanquero dolían como alfileres clavados en su cerebro. Sería empresa demasiado complicada ir expulsándolos, igual que hacía con los golpes que se le colaban por los oídos durante las aborrecidas siestas. Cuatro años para nada. “Mama, cuatro años, ¿sabes?, cuatro años y el escondite del colchón no ha servido para nada”. Caricias de la madre, besuqueos, intentos de sacar ánimos de donde sólo quedaba desesperanza. “Anda, cielo, vete a echar la siesta”, decía asumiendo que aún habitando el fondo a uno lo podían hundir todavía más.
Nico nació falto, y su vecina impedida. Otros tuvieron más suerte y nacieron con pecas en el rostro o naricillas de ratón.
Dicen que lo vieron por última vez llevando en brazos a Zulema, sonriente, en dirección a la huerta y que era tal su determinación que nadie osó cuestionar su camino; dicen también que fue la pena por la muerte de Nico y no la brutal paliza del marido lo que mató a la madre. Se dijeron tantas cosas que es muy difícil espigar la verdad. Lo único incontestable es que los cuerpos de Zulema y Nico aparecieron flotando en la alberca a la mañana siguiente; soplaba vulturno y se oían a lo lejos las campanas sumergidas del pantano. Ninguno de los dos sabía nadar, no fue necesaria autopsia, de haberse realizado difícilmente se podría haber explicado por qué el brazo izquierdo del muchacho tenía igual longitud que el derecho y por qué los músculos de las piernas de la chiquilla gozaban de la consistencia que nunca habían disfrutado. El cura, en la homilía del entierro, evitó hablar de milagro: prefirió centrarse en la existencia del limbo, lugar en el que desembocaría Nico por ser un espíritu cándido.
Dicen que fue en el tiempo de las cerezas primeras, en la época de los nimbos algodonosos y los vencejos tardíos cuando sucedió todo esto. Algunos, los más fantasiosos, aseguran que el padre perdió el juicio y que aun sin estar bajo los efectos del aguardiente hablaba de dispensas papales para primos hermanos y del prodigio de una rana y una lagartija que jugueteaban juntas a todas horas en la orilla de su alberca.

Ángeles negros

2007 (Primer premio)
Raúl Galache García

Raúl Galache en el momento de recoger el premio y diploma que le acredita como primer clasificado en la VII Edición.
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Cuando llegó la comitiva de coches negros que encabezaba orgulloso el alcalde, se encontró con que la plaza del pueblo estaba tan sólo ocupada por el sol rabioso de las dos de la tarde. Ni una pancarta agradecimiento, ni vítores, ni coro de niños, ni el cura con el hisopo bien cargado. El regidor, que había ido a la capital dos semanas antes y que había recorrido el resto de la comarca con aquellos peces cada vez más gordos de cabrito y lechón, había estado presumiendo ante sus colegas, a lo largo de los quince días, del recibimiento que les tenían preparado, que iba a dejar en cosa de paletos los alardes de los demás pueblos. Así que, ahora, ante el silencio de lo que parecía una siesta fantasmal, sólo supo tragar saliva y quedarse mirando el polvo que del suelo habían levantado los coches, como si esperara que de él fueran a brotar los bien aleccionados vecinos. “Os traeré a los del gobierno de la capital”, les había dicho. “Vienen a celebrar que ya tenemos teléfono. Haced algo grande, más grande que todas las fiestas del santo juntas”. Pero eso suponía más gasto que cuando vino el obispo, encima por el teléfono, habían mascullado los vecinos. Y es que nunca les gustó don Basilio, su alcalde. Seguro que le habían puesto a él porque tenía contactos en la capital y, además, nadie olvidaba sus delaciones que habían terminado con buena gente sabe Dios dónde por conspiradores. A la única que le gustó lo del teléfono fue a La Mili. Milagros había cumplido entonces los dieciséis. Para ella, el mundo que veía era poco más que los difusos perfiles y los desvaídos colores que distinguía a cuatro o cinco pasos, pues, más allá, no había sino las tinieblas de la imaginación. Había ensanchado los límites de la realidad más confusa y lentamente que los demás niños, por lo que en el pueblo siempre la tuvieron por torpe, incluidos sus padres, que, cuando supieron que la niña era poco menos que ciega, se miraron con la culpa en los ojos. Aceptaron el embarazo y la boda con la resignación de quien sabe que se merece un castigo, pues la pequeña era el fruto de un atardecer de verano, de los ardores del alma y de la desmesura juvenil. En la escuela aprendió poco más que a escuchar historias que en su imaginación eran trastocadas por el vuelo de una fantasía vibrante y fecunda. Así, cuando instalaron el teléfono y pensaron en quién podría hacerse cargo de la centralita, en seguida salió su nombre. Los vecinos entendían que era una forma de quitar a sus padres una carga —“el Estado mantiene a la telefonista”—, darle un futuro a la pobre chicha —“quién va a quererla para mujer”— y, de paso, matar recién nacida la idea del alcalde —“ya veremos lo que le dura el invento”. Don Basilio no tuvo otra que aceptar, pues a ninguna otra moza habría logrado convencer. Además, los de la Compañía le aseguraron que hasta un tonto sabría manejar el aparato y ése era el caso. Pensó que por probar nada se perdía y que a alguien necesitaba para cuando vinieran los del gobierno. Cogió a la joven del brazo y le habló despacito y muy alto: “hija, tú haz lo que estos señores te enseñen”. Le pusieron unos auriculares y le dijeron que con ellos lo oiría todo. A la chica se le iluminó el rostro como si se le hubiese aclarado la vista, pues toda su vida se asentaba sobre sonidos. Le explicaron dónde tenía que meter los pinchos y se sentó con sus auriculares abiertos al mundo entero.
Ahora don Basilio se arrepiente de haber concedido a la pobre tonta el puesto. Ya sabía yo, piensa, que eso era mucho para ella. Maldice a la idiota en silencio mientras los hombres de corbata le miran de reojo con sus pupilas afiladas y sus estómagos rugientes. Si casi no sabe ni hablar, sigue pensando. Pero la verdad es que, en estos quince días de la nueva era, Milagros ha soltado la lengua para admiración de todos. Acaso por compasión, acaso por curiosidad, todos le preguntan qué se oye por el teléfono, ya que sólo el alcalde, su secretario don Braulio, don Antonio el ganadero y algún que otro con posibles tienen el aparato. Don Antonio mandó a su hijo a estudiar muy lejos y ahora puede hablar con él a menudo. El chico le cuenta que se esfuerza mucho y que apenas tiene tiempo para otra cosa que no sean los libros. “Aquí son todos muy listos, padre”, “sí, sí como, madre”, “hay coches por todas partes y camiones y camionetas”, “claro, porque me llamarían paleto”, “los profesores son muy serios y muy sabios”, “muy limpias las mozas, sí, sí”, “pues me invitaron a merendar a su casa y no veas qué cosas, que todo era enorme menos las tazas y los bollos, y gracias pacá y por favor pallá”, “hombre, una criada con su uniforme”. Y cuando a Milagros le preguntan las mujeres, cuenta lo que ha escuchado y lo que su imaginación ha completado: “pues el chico del Antonio se ha echado una moza de la ciudad y tiene una criada que le hace bollos grandes como casas y dice que en la ciudad todos van muy limpios y son muy serios y tienen bigote”. A los vecinos poco les importa si lo que Milagros dice es verdad o es mentira. Lo que les interesa es que el mayor de don Antonio anda todo el día de farra comiendo bollos, montado en coche y persiguiendo criadas. Y que en la ciudad la gente nunca anda porque van en coches que huelen muy bien. Entre unas historias y otras, Milagros se ha ido convirtiendo en una suerte de juglaresa del pueblo, a la que buscan a hurtadillas las vecinas. Incluso, de Milagros, ha pasado a ser La Mili, la Mil Historias. Es verdad que todo esto interesa más a las mujeres que a los hombres, que aparentan desdén ante lo que parecen asuntos banales. Malo sería mostrar interés por cuestión tan poco masculina; ya bastante tienen con lo suyo como para andar con esos líos. Ellas guardan, transmiten y crean ese almacén de historias que en apenas dos semanas se ha ido enriqueciendo como el río con las lluvias de otoño. “Pues me ha dicho La Mili que por ahí lejos hay una guerra de las gordas y que las bombas podrían llegar hasta aquí”. Ni siquiera a esa noticia atendieron estos hombres de espaldas duras de tierra y sol. “Mira, Milagros, estate bien atenta a lo de las bombas”. “Pues he oído que se están quedando sin soldados, que de tantos como mueren no mandan a las casas ni los restos, tan pocos pedazos quedan”.
El sol del mediodía parece espesar los segundos en la calva del alcalde. Piensa en si no será culpa del patán de su secretario. Desde luego, le llamó hace dos días y le dijo bien claramente que llegaban hoy y a esta hora. Pero este hombre es medio bobo y de él poco se puede esperar. Otro tendría que haber sido su ayudante, pero nadie hay tan sumiso en este pueblo de mala muerte.
Sin embargo, don Braulio atendió y entendió las órdenes de su jefe. La Mili escuchó la llamada. “Llegamos a las dos. Quiero a todos los hombres preparados para que los vean bien. Que se sepa lo que valen. Y que no me hagan un feo, que a gente tan importante no van a conocer.” Y la Mili se encargó de hacer correr la noticia. “Vienen los del gobierno a ver a nuestros hombres”. Rápidamente voló entre las mujeres la voz de “se nos llevan a los maridos y a los hijos”. “Qué vamos a hacer sin ellos”. “Y dicen que todos mueren”. “Y dicen que acaban despedazados”. “Y qué nos importa aquí la guerra esa del alcalde y sus amigotes”. “Pues ni hablar”, “ni por pienso”, “ni que lo pida el papa”. “Y vienen pasado mañana”. “¿Y quién sabe esto?”. “Don Braulio el secretario es el que lo sabe”. “Ése es un bicho”.
Al fin ve movimiento el alcalde al otro lado de una de las ventanas de la plaza. Las cortinas se corren y un rostro se asoma. Era imposible que al menos no hubieran oído el ruido de los coches. De la ventana se asoma una mujer con un pañuelo negro en la cabeza. Abre los cristales y mira fijamente a don Basilio. Los recién llegados vuelven la mirada hacia la ventana. La mujer alza el brazo, parece que fuera a saludar. Pero tiene el puño cerrado y algo guarda en él. Antes de que los visitantes se planteen qué está ocurriendo, un huevo se estampa en la bien planchada camisa del alcalde.
“Llegarán mañana a las dos”, esta vez La Mili no trastocó el contenido del mensaje. La información pasó de mujer a mujer con el mimo de los secretos y los tesoros ocultos. Ningún hombre supo nada, ni mucho menos don Braulio, que, una mañana, cuando caminaba hacia la casa consistorial, se topó con diez mozas bien recias. Todo había sido organizado entre murmullos y miradas certeras, pero sin dejar escapar detalle alguno. Las diez jóvenes que cerraron el paso al secretario eran las más fuertes y habían probado su valía levantando alpacas. Visten de negro y cubren sus cabellos con un pañuelo del mismo color. Sus rostros se muestran tan secos y hieráticos, que a don Braulio le viene a la mente la imagen de la muerte del retablo de la iglesia. “¿Dónde va usted esta mañana, don Braulio”, “pues, mirad, a colgar un bando de una cosa muy importante y a anunciarlo en la plaza”, dice con la voz y las carnes trémulas. Aún con la última palabra colgando del labio, se ve agarrado por innumerables manos. “Usted se viene hoy con nosotras”. Conoce esas caras, pero le parecen otras, como trastocadas por una pesadilla. Calla y mira con sus ojos redondos como los de las vacas. “Y se va a estar calladito hasta mañana”. El hombre nada entiende y aun durante todo el día y la noche que pasa encerrado en el pajar de la Ambrosia sigue sin saber qué está pasando. No osa preguntárselo a esos ángeles negros que llevan horca en vez de guadaña y que se turnan para vigilar su rostro de cera derretida.
Todavía está don Basilio con la cáscara de huevo en la mano y la yema en la camisa, cuando empieza a oír a sus espaldas las mal silenciadas risas de sus acompañantes. Le suenan a crujir de huesos. Quisiera dejarse derretir por el sol o filtrarse como agua en los surcos. Entonces, al otro lado de la plaza, aparece una joven vestida de negro. Conforme se acerca a él, reconoce enseguida los andares titubeantes de Milagros. Aún a cierta distancia, se detiene y le habla a su alcalde alto y despacio: “tengo un recado para usted:”. Lo que faltaba, si la culpa es mía por fiarme de ti, qué se puede esperar de semejante calamidad, piensa don Basilio, antes de escuchar el resto de la frase: “los hombres se quedan”. Antes de que el edil se plantee el significado de estas palabras, antes de que los demás de la comitiva crucen miradas de incomprensión, antes de que el viento vuelva a levantar polvo amarillo, surgen desde todas las calles que dan a la plaza ángeles negros con sus cabellos tapados. No gritan, no cantan, no lanzan vítores, sólo avanzan. Alguien ya echa un paso atrás buscando la puerta del coche, otro busca hueco en las espaldas de los más grandes, hay quien deja caer su cigarrillo de la boca. Pero todos salen huyendo cuando una lluvia de piedras empieza a bombardearlos con el filo de los puñales. Retumban las chapas abolladas de los autos, estallan aristas de cristales, un hueso se rompe en un quejido ahogado. Todos se atropellan, se empujan y pisan buscando el refugio de los coches. El aire se arremolina endiablado. Los ángeles negros parecen legión. Se diría que no tienen rostro. O que todos tienen el mismo. Nada detiene su paso. Al fin empiezan a sonar los motores, las puertas se cierran y una ola de polvo se abalanza sobre las mujeres cuando ven cómo los coches se alejan.
Entonces, don Basilio, acurrucado en un coche, tembloroso como un ternero recién parido, ciego de vergüenza, oye a lo lejos los vítores y vivas con que había soñado durante los últimos días. Alertados por los ruidos, los hombres del pueblo han llegado, pero solamente ven a sus propias mujeres que regresan a sus tareas con el paso de siempre. Entre ellas, La Mili, que parece caminar más decidida que nunca. Poco después, en la plaza, el polvo vuelve a posarse con la calma de las cosas sencillas.

Beatus ille