jueves 8 de octubre de 2009

El encargo




2009




Primer premio




David Arturo Serrano Rodríguez




Hacía tiempo que no escuchaba esa frase, mucho tiempo, una eternidad, casi otra vida. En la infancia esa frase siempre iba ligada a una sorpresa placentera, gustosa, agradable, que me hacía abrir hasta el infinito mis pequeños ojos y encontrarme los de mi madre seguros y complacientes. Abre la boca y cierra los ojos. Ahora sabía que no era así. No iba a relamer un hilo de miel ni a saborear la primera fresa de la temporada. Ahora no era el elegido para probar la dulzura del chocolate recién hecho, la nata acabada de montar, ni el caramelo ya enfriado. Hago un esfuerzo por entreabrir la boca mientras mi barbilla tiembla. Soy incapaz de controlarla. Mi corazón se ha acelerado definitivamente, y acompasa mis jadeos.
- Abre la boca y cierra los ojos, ¡coño!
Siento el frío metálico en los labios, el chocar del punto de mira en mis dientes y el avance del cañón hasta el centro de la boca. La mente es así, me ha llevado treinta años atrás y he visto el sol iluminando la cocina con mi madre y abuela embadurnándome la cara de crema pastelera. Dicen que estos mecanismos mentales son una defensa, una estratagema que los seres humanos nos fabricamos para evadirnos, para no sufrir, para olvidar. Me interrogo de repente sobre cómo abordarán esos críticos instantes los animales y me siento estúpido cayendo en esas divagaciones justo en ese momento.
- Te voy a pegar un tiro, cabrón.
Una arcada me hace estremecer al sentir la profundidad del arma y lamento lo enclenque que siempre he sido para tragar. Seguramente también es un mecanismo de defensa que nos une a todos los operados de anginas. Mi pensamiento se inunda con el color rojo de la sangre y veo a mis padres achicando la hemorragia con toallas mientras el médico retira mis amígdalas. Siento la ausencia en la garganta del órgano y sólo el consuelo que dicta el carnicero tras la operación: “denle mucho helado”. Lo que daría ahora por tomarme uno, disfrutar de un buen helado de marrón glacé en Gioliti, mi heladería favorita cerca del Panteon. La mente ha llegado a Roma, no me sorprende, allí la conocí y empezó todo.

A Roberto Zanchinni una gota de sudor le recorre la mejilla hasta resbalar en la comisura del labio. La siente salada, caliente y se la sacude con un resoplido enérgico intentando coger fuerzas. Tiene la vista puesta en su mano y la mente lejos de ella. Puede ver el reloj en su muñeca, un Tissot deportivo de correa metálica que marca las ocho de la mañana. Se maldice. En una hora empezará el rosario de proveedores por el restaurante. El primero en llegar será el repartidor de refrescos y aguas, al que le seguirán los de productos frescos. Se sobresalta al recordar que tiene que hacer el pedido de vinos y licores y abonar el pago del mes pasado. Maldice de nuevo al añadir un gasto más a esa lista infinita que crece desde hace tiempo. Sin proveedores no hay negocio, sin alquiler del local no hay negocio, sin empleados, luz, agua, gas, y por supuesto clientes, no hay negocio. El negocio le está quitando la vida y por negocio tiene que quitar otra. Lleva más de diez años sin ejercer, los mismos que su restaurante en España, pero la vida se ha puesto muy cara y hay que sobrevivir.
- Escuche, escuche, déme un minuto por favor. Se lo pido, se lo suplico.

Hacía tiempo que el sicario no escuchaba ese tipo de frases. Le vienen recuerdos de trabajos pasados. Es lo peor, lo más ingrato, cuando el tema se dilata y tienes que padecer las suplicas de los objetivos por salvar la vida. Algunos y algunas pierden la dignidad, se arrastran, suplican y ofrecen todo aquello que está en su mano para poder sobrevivir. Recuerda la mujer del contable de la imprenta en Fregene. El cadáver del marido a su lado, como un saco de patatas vencido sobre sus rodillas y ella gateando con la blusa abierta buscando el sexo en los pantalones de su verdugo. Él siempre ha preferido los trabajos rápidos, sin posibilidad de ver la degradación humana. En estas circunstancias, los lugares más idóneos siempre son los aseos de los restaurantes, los parkings, los ascensores; espacios sin vida, transicionales, fríos, intranscendentes. Dos tiros en la cabeza sin mediar palabra y a otra cosa.

Vuelve a colocar la pistola en la boca del encargo mientras otra gota de sudor dibuja una trayectoria idéntica a la anterior. Su reloj le marca la premura. No recuerda si le queda una caja o dos de Barolo. De Barbaresco tiene el almacén lleno, al contrario que de Chianti y Lambrusco. Sin duda es necesario hacer un pedido: Limoncello, Grappa..., lo justo para seguir adelante. Su bimba necesita una ortodoncia que lleva retrasando hace ya tiempo y su mujer se conforma con la reforma de la cocina antes que la de sus pechos. Acaba de caer en que el reloj no es el más idóneo para la ocasión. Se lo tenía que haber quitado. Le viene a la memoria el capítulo de una serie policiaca donde llegan a coger al asesino por los restos de sangre adheridos a la correa metálica. Mientras encara de nuevo la pistola repara en la cara del pobre diablo que tiene delante. Es un tipo guapo, incluso en esta situación parece un hombre atractivo. Aprueba el gusto de la hija de su jefe a la vez que ladea la cabeza censurándose esos pensamientos propios de maricones. La llamada no llega y eso le desespera. Hace tiempo que no oficia de ejecutor y sabe que le va a costar.

Creo que tengo alguna posibilidad todavía de sobrevivir. He visto la duda en el hombre que empuña el revolver. Espera algo, quizás una orden o la llegada de alguien. Es posible que solamente sea una ilusión mía a la que no sé si aferrarme o desterrar. Será mejor hacerse a la idea de lo peor pero, ¿por qué? No logro entender nada, ¿qué ha sucedido?, ¿qué he hecho? Ha transcurrido todo tan rápido desde su llamada. Apenas Laura me pudo avisar. “Escapa, huye, sal de ahí”. Intenté que me diera una explicación pero ella insistió. “No hay tiempo, no hay tiempo, me ha encontrado y sabe lo nuestro”. Mi vida siempre ha girado en torno a los dulces y a las mujeres. Mi perdición no podía ser otra que una mujer dulce. Laura lo es. Observo al hombre que sin duda va a acabar conmigo. Ha dado alguna muestra de nerviosismo pero no sé a qué responde. No es español aunque habla un perfecto castellano, y por su forma de vestir diría que el traje hace tiempo que no se lo pone o no es suyo. Lo va a estallar. El sudor se le acumula en la frente y es también visible en la camisa donde destaca una pequeña mancha de mermelada de arándanos. Me gustaría pensar que si me va a asesinar alguien preferiría que fuera goloso. Por lo menos compartiríamos algo, tendría alguna conexión nuestra existencia, mi final. Pero no puedo rendirme, tengo que pensar algo, tiene que haber alguna posibilidad. En esta posición y con las manos atadas a la espalda es difícil. Y aunque me zafara no tendría ninguna oportunidad comparando mi físico al suyo. Nunca me pegué en el colegio, también es verdad que mis relaciones de infancia eran más femeninas, pero cuando me insultaban por falta de virilidad nunca caí en el juego de resolver el malentendido a puñetazos. Mis armas de seducción no podían quedar dañadas. ¡Dios mío!, mi pensamiento es incontrolable, en cualquier momento puede llegar mi final y no estoy siendo capaz de construir ninguna estrategia para salvarme. Tengo que intentarlo. Desde mi posición me alcanza la vista a la cómoda y busco los ojos, el rostro, el cuerpo de Laura en las fotografías que coronan el mueble. Una lágrima me recorre la mejilla. La noto caliente, me quema y me hundo balbuceando su nombre mientras mi futuro asesino reniega de mi debilidad.

Roberto Zanchinni recompone su postura. Le ha causado cierta decepción ver a su objetivo venirse abajo. Maldice de nuevo, ahora en su idioma, y lamenta haber nacido. Retrocede el arma para quitar el seguro y amartillarla. Percibe el sobresalto en su víctima al oír el accionamiento del percutor, el pánico en sus ojos, y mira el reloj por última vez. No hay marcha atrás, la hora ha expirado y no ha habido llamada salvadora. Es la primera vez que mata en España. Todavía no sabe cómo deshacerse del cuerpo, ni limpiar el lugar pero el encargo no presenta problemas, no tiene familia, sólo la hija del jefe. En ese instante el móvil del sicario suena sobresaltando el clima de tensión.

He abierto los ojos al oír el móvil e intento concentrarme por escuchar al otro lado. Creo que voy a vomitar. Me mareo, me cuesta mantenerme en la silla, pero puede ser mi salvación. Escucho la conversación en italiano y no logro entender nada. Creo que está pidiendo vino y otros productos por teléfono. He escuchado perfectamente las palabras mascarpone, parmigiano, pecorino. Todo me resulta surrealista. Sin lugar a dudas debe ser un error. Me van a matar por una confusión. Tengo que decírselo, ¡soy inocente! Espero el momento en que deje de hablar para demostrar mi inocencia, pero mi verdugo al colgar me encañona el arma en la boca mientras me cierra los ojos con su otra mano. Es el final. Sin embargo otra llamada de móvil vuelve a alargar mi agonía. Realmente es un final patético el de mi existencia. Voy a ser asesinado por equivocación, alargando mi sufrimiento entre pedido y pedido de salamis y mortadelas. Siento la presión de su mano sudorosa en mi frente mientras intercambia palabras con su interlocutor en un rápido italiano. No me dará opción como antes, en cuanto cuelgue me descerrajará el tiro, me iré sin más. Una muerte cruel a una vida dulce. Hace tiempo que no oigo nada. No sé si estoy muerto ya, pero se ha hecho el silencio. Siento como su mano se retira resbalando por mi pelo. Abro los ojos, le veo serio frente a mí. Su imagen llena todo mi campo visual, no alcanzo a ver nada más. Es todo él. Me mira fijamente mientras retrocede el arma a la vez que acciona el mecanismo de una navaja automática que se ha sacado del pantalón. Presiento que ha cambiado de opinión. Seguramente no quiere ruidos, prefiere un arma blanca. Ahora sé que va a ser más doloroso y lento, sé que voy a sufrir. Sin embargo, en un rápido movimiento corta mis ligaduras, me incorpora de la silla y me estampa dos besos estrechándome en un abrazo.
- Ciao bello, come stai? ¡Bienvenido a la Familia! Y alegra esa cara, que por suerte no la he tocado. Saldrá bien en la foto del bautizo. Por cierto, ¿qué tal te sale el tiramisú?

El Cacho, patrimonio cultural de Las Perdices

2009


Segundo premio

Noemí Irma Brown

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El Tropezón no era una taberna como cualquiera. Porque Cacho, “El Pensador”, tenía allí su parada. En las Perdices no había otro que, como él, fuera capaz de pensamientos tan desopilantes.
Entrar al Tropezón era un lujo que sólo podían darse los que tenían más de dieciocho, porque tal vez, quién sabe, allí podría escucharse alguna inconveniencia, alguna palabra fuerte, o alguna idea revolucionaria.
Pero la revolución que proponía el Cacho no era una pueblada a mano armada, ni siquiera un plan para fastidiar al intendente.
Lo que El Pensador había tirado en medio de la monotonía de las Perdices, concentrando la atención de todos, era, nada menos, que una manera diferente de ver las cosas que todos conocían, o creían conocer.
Llevaba el pelo negro peinado con raya al medio. Si, de repente, los mechones que le caían sobre la frente se sacudían un poco, y sus ojos dejaban de ver lo que veía el resto, los presentes sabían, con seguridad, que tenía algo importante para decirles.
Todos conocían el movimiento sereno de sus manos ásperas acompañando las sentencias, el ademán exacto que precedía a la revelación.

Un día, por ejemplo, en medio de una charla cualquiera, hizo un silencio prolongado y levantó apenas, la mano derecha. Más de uno bajó la copa, esperando el próximo comentario. Los más jóvenes se arrimaron a la mesa, dispuestos a escuchar sus palabras. El Cacho tomó otro trago, se quedó mirando el techo por un rato y dijo, sin dirigirse a nadie en especial:
- Y es así, no más, algunos se rascan, porque andan necesitando que les pique.
Todos se miraron. Como si para entender lo que habían oído tuvieran que asegurarse de que los demás ya lo habían comprendido. Tomó él último trago, saludó y se fue.
Pero nada era igual, después de sentencias como esa. Algunos se quedaban repitiéndolas con admiración, otros se iban en silencio para meditar a solas. Por un lado, o por otro, la frase iba a correr como rata en los maizales y en poco tiempo sería patrimonio del pueblo.
El dueño del boliche se sentía orgulloso de tener entre los asistentes a semejante personaje. Era casi un servicio especial, una atracción que agregaba valor a su humilde comercio.
En otra oportunidad, mientras sonaba una chacarera en el mostrador de quebracho, la Gorda pasó por la vereda, y lo saludó con una sonrisa. Había muchas gordas en el pueblo, pero ésta era la que, con más fundamento, se había ganado el apodo. El Cacho contestó con una inclinación de cabeza, llevándose dos dedos a la frente, como si se sacara un sombrero, y después, como mirando vaya saber a dónde, comentó:
- Es como yo digo. – y Don Hipólito, el patrón, paró la música para escucharlo mejor - La gordura es un tema complejo. No es gorda porque come mucho. No. Come mucho porque es gorda.
Y tomó un sorbo, como si tal cosa. Pero nadie, en Las Perdices, después de ese comentario, volvió a mirar a la Gorda de la misma manera.
Todos recuerdan aquel día en que la lluvia los había encerrado entre las cuatro paredes del boliche. Nadie parecía dispuesto a dejar la reunión. Las noticias que llegaban de la ciudad habían dividido a la concurrencia en dos bandos.
Hubo mucho alcohol y demasiado tiempo para opinar. La discusión corrió por las mesas, tan rápido como la caña. Cuando la cosa se puso complicada, todos buscaron la mirada del Cacho, para zanjar la cuestión.
Él parecía estudiar la lluvia a través de la ventana, pero debe haber sentido la esperanza de los vecinos sobre sus hombros, porque en ese mismo momento se puso de pie y sacudió el mechón. Un ruido de sillas abandonadas, enmarcó la expectativa. Pero sólo dijo:
- Tenemos demasiadas respuestas. Nos están haciendo falta las preguntas.
Tomó el sombrero, metió la cabeza entre el ala y el cuello del saco, y saliendo del bar, entró en el aguacero. El silencio en que quedaron fue más violento que el pleito que tenían.
A la mañana siguiente, el cielo estaba claro, pero el desconcierto y la resaca pesaban por igual en el ánimo de los parroquianos y, por varias semanas, nadie se animó, en el Tropezón, a comentar nada sobre política.
Una noche, mirando las vigas del techo, dijo:
_ La edad de una persona no se mide en tiempo, sino en penas.
Todos sabían cuántos años tenía el Pensador, porque había nacido en el pueblo y nunca se había alejado. Y nadie se animó a preguntarle cuántas penas llevaba vividas, porque en Las Perdices, la gente sabe que hablar de la edad es mala educación.
Después de largar eso, como si lo hubiera atacado un cansancio de leguas, se fue mascullando algo. Todos imaginaron que era un saludo, y lo despidieron inclinando la cabeza que, en los pueblos, es la forma más natural de mostrar respeto.
Esa noche, Don Hipólito cerró las puertas una hora antes, pero nadie se fue a su casa más temprano, porque lo que había dicho el Cacho, merecía ser analizado en forma colectiva y nada es más parecido a una junta deliberante, que un bar como el Tropezón.
Medio pueblo se preguntaba dónde elaboraba el Cacho esas conclusiones. Podía ser en su taller de carpintero, mientras cepillaba o lustraba la madera, como le había enseñado su finado padre. Podía ser. Pero casi todos apostaban a que era durante la pesca, solo, con su línea, mientras miraba flotar el corchito, horas y horas, en silencio. Nadie se le acercaba y nunca supieron si pescaba algo, pero todos respetaban esos momentos porque estaban convencidos de que era allí que se inspiraba.

Un día, faltó la magia. Se iba gastando de a poco, como se va despintando el techo de la pieza. De a poco. Y de repente, un día cualquiera, todos se dan cuenta de que hace falta pintura.
Tal vez porque la rutina lava todo. Tal vez porque, con el tiempo, cada año, más jóvenes viajaban a la ciudad para estudiar o trabajar, y esa falta, apagaba las reuniones. Tal vez, porque el Cacho ya tenía muchas penas.
El caso es que llegó un momento en que el bar se llenó de monotonía. Temas no faltaban: el futbol, y las mujeres, por supuesto. Pero rara vez el Cacho los sorprendía con una revelación. Cuando abría la boca, cuando el mechón gris se balanceaba, cuando sus manos ásperas iniciaban el ademán familiar, todos esperaban que la chispa brotara. El Pensador, sin embargo, se quedaba con el puño en el mentón, mirando hacia la nada, como la estatua, duro y mudo como el bronce. Y la leyenda se iba borrando, despacito, igual que la huella del sulky con el aguacero.

Después de varios meses de caña triste y atardeceres melancólicos, una mañana, el taller del Cacho amaneció cerrado. Tampoco vieron al filósofo en el río por la tarde, y esa noche, como temían, no apareció por el bar. Una pregunta flotaba entre los parroquianos, una pregunta que no se animaban a contestar. Cuando la mayoría de las mesas estuvo ocupada, Don Hipólito se acercó para cumplir una misión. Antes de encarar la tarea, se secó una lágrima con el repasador, y sacó del bolsillo del delantal una esquela escrita con lápiz de carpintero. Él sabía que era la persona indicada para leerla. La letra, gruesa y redonda, decía:

Muchachos:

Me voy, porque quiero seguir entre ustedes.

Cacho

sábado 20 de septiembre de 2008

La marcha fúnebre

2008
Primer premio
María del Mar Sancho Sanz
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Mª del Mar Sancho dirigiendo unas palabras durante el acto de clausura

Somos pocos los que recordamos aquel tiempo en que los muertos habían de pagar entierro en cada uno de los pueblos que atravesase su fúnebre comitiva. Teófilo Ferón era un pobre músico y un músico pobre. Lo éramos todos los maestros de la orquestina que amenizaba las tardes de invierno en el café Delicias y las de verano en la pérgola del parque San Martín. Quizás por ello interpretábamos tan sólo melodías en tonalidad mayor, partituras alegres que nos empaparan de júbilo a nosotros y a aquellos que, sin pretenderlo, sorbían nuestra música mientras tomaban café, coñac o refrescos. El domingo anterior a que Teófilo muriera sin razón alguna para hacerlo, habíamos ido todos al Apolo a ver una película de Jorge Negrete. Aquellas canciones en dos por cuatro eran también joviales, aunque la letra historiase sinsabores. Al salir había anochecido y el aire segregaba una humedad melancólica. Nos quedamos callados, como si ya nos lo hubiésemos dicho todo y, a partir de entonces, sólo aquello trascendente mereciera ser pronunciado. Teófilo, que no era de los que tararean y prefería extirpar melodías de su contrabajo, comenzó a cantar recio. “Si muero lejos de ti, que digaaaan que estoy dormido, y que me traigan aquí, que digaaaan que estoy dormido, y que me traigan aquí, México lindo y querido, si muero leeeejos de tí.” Algunas cosas carecen de significado en el momento en que acontecen y, sin embargo, más tarde cobran un sentido crucial e inquebrantable. De ese modo, cuando Teófilo murió entendimos que no podíamos dejarlo en la capital, sepultado en tierra ajena, sino que su anhelo coincidía con el de Jorge Negrete. Nos había hablado de Moraleja del Conejar en las suficientes ocasiones como para que conociéramos su ubicación, su gentilicio, la fecha de la fiesta, los nombres del alcalde y del cura y otros tantos detalles que, antes intrascendentes, cobraban ahora trascendencia. Sus padres eran labradores de un minifundio que ni siquiera les pertenecía. No era difícil percatarse de que no podían costear el regreso del hijo muerto a casa y tampoco viajar ellos hasta la capital para asistir al entierro. Tras examinar detenidamente un mapa y computar que eran veintisiete los pueblos a atravesar y, por lo tanto, veintisiete las costas de entierro a satisfacer, decidimos realizar una colecta entre los componentes de la orquestina. Sobraban voluntades pero ninguno de nosotros era pudiente y el total recaudado alcanzaba apenas para pagar lo correspondiente a tres poblaciones. Hubiéramos podido tocar extraordinariamente en algún bautizo, boda, verbena o acompañar con marchas fúnebres algún entierro para recabar los fondos precisos, pero la situación no podía demorarse ni un día solo y todas las soluciones prestas que supimos idear fueron un tanto heterodoxas. Entre ellas triunfó la propuesta de Benedicto López, violonchelo segundo, que tenía un primo conductor de ambulancias quien, a cambio del montante de la colecta, estaría sin dudarlo dispuesto a transportar a Teófilo hasta Moraleja del Conejar como si solamente estuviese enfermo. Rebuscamos en su armario y, como no logramos encontrar otro porque acaso no lo tenía, lo amortajamos con el traje blanco de los conciertos. Antes de que partiera risueñamente tendido en la ambulancia, le interpretamos un rondó rápido a modo de despedida. Nos habíamos ofrecido voluntarios para acompañarlo Benedicto, por compartir conversación con su primo, y yo porque, sin haber sido más próximo a Teófilo de lo que fueron los demás, creía fervoroso en la letra de las canciones de Jorge Negrete. Al terminarse la ciudad la carretera bifurcaba campos resecos, tiznados por la tristeza ocre de principios del otoño. Aún hacía calor y el silencio se iba haciendo denso en el asiento delantero de la ambulancia donde viajábamos los tres abstenidos de hablar por no quebrantar tan respetuosa calma. Habíamos atravesado ya varios valles y seis pueblos cuando el primo de Benedicto rompió el luto con una blasfemia. Un hilo fino de humo escapaba por la rendija del capó y ascendía alborozado. Detuvo la ambulancia y se precipitó al exterior donde, al abrir la cubierta del motor, una nube vaporosa ensombreció la feliz consecución de nuestro propósito. Todos los intentos de reparación fueron en vano, desde los iniciales del primo que aparentaba cierta pericia hasta los desesperados de Benedicto y míos que tan sólo éramos capaces de recomponer las cuerdas rotas de nuestros instrumentos. Avanzaba hacia nosotros, aún pequeño por la distancia, un pastor seguido de su rebaño de ovejas con el propósito aparente de mitigar su tedio con nuestro humeante incidente. El primo, que era un hombre prudente y por ello propicio para el encargo, nos apremió a subir a la ambulancia y arrancó con el capó entreabierto dejando, a escasísima velocidad, un fastuoso rastro de humo y al pastor sorprendido. Esforzadamente logramos alcanzar el siguiente pueblo y allí la herrería, que era lo más afín a un taller mecánico con que contaba el lugar. Transportar a un hombre gravemente enfermo fue motivo suficiente para que el herrero y otros tantos aldeanos se emplearan afanosos en la recomposición del vehículo y, cuando se evidenció que no había remedio posible, muchos de ellos ofrecieron sus carros y caballerías para acarrear al enfermo hasta la cabeza de comarca donde existía un hospital. Estábamos empeñados en negativas cada vez más temblorosas cuando se personó el farmacéutico con el cometido de asistir al enfermo y, sin que fuésemos capaces de impedirlo, el gentío que se había ido congregando desde nuestra llegada, abrió el portón haciendo que la luz entrase violenta en el interior de la ambulancia. Teófilo se quedó inmóvil, riguroso, lívido, observado por aquellas gentes que no lo conocían pero aún así diagnosticaron al instante que había muerto. Nada pudimos hacer para evitar que lo condujeran al depósito de cadáveres, improvisaran un velatorio y principiaran a organizar todo aquello preciso para darle al día siguiente cristiana sepultura. Si había carecido de sentido enterrar a Teófilo Ferón en la capital, más insensato aún resultaba dejarlo en aquel pueblo del que él no habría conocido posiblemente ni el nombre. Benedicto y yo estuvimos de acuerdo. Su primo podía quedarse hasta que solucionara la avería de la ambulancia pero nosotros compraríamos un carretón y esa noche sacaríamos a Teófilo del depósito. Nos acomodamos en la fonda y, cuando faltaba poco para amanecer, llevándonos una sábana tomamos el camino del cementerio. El sepulturero era un hombre plácido, de aspecto ingenuo, que velaba en solitario a Teófilo en una pequeña sala adyacente a la que era su morada en la entrada al camposanto. Me cubrí con la sábana y comencé a dar alaridos hasta que el hombre, extrañado, salió a averiguar qué sucedía. Armonicé entonces los gritos con una danza espeluznante que logró atemorizarle hasta el punto de llevarlo a refugiarse en su casa y echar los cerrojos. Cuando complacido por mi interpretación, en buena parte musical, alcancé el carretón, Benedicto ya había recostado a Teófilo sobre la paja y me aguardaba en el pescante dispuesto a partir. El trayecto hasta la población principal de la que nos habían hablado fue lento pero apacible. Junto al hospital habían mencionado la existencia de una estación de tren que nos ofrecía la ocasión, más expuesta pero veloz, de llegar hasta las proximidades de Moraleja del Conejar en apenas unas horas. Compramos tres billetes y unas gafas oscuras de ciego que procurasen justificar la torpeza en los movimientos de nuestro compañero músico. El ascenso al vagón resultó dificultoso pero, una vez acomodados en el compartimento, el viaje se tornó tan placentero que hasta me pareció percibir una tenue sonrisa en el rostro de Teófilo. La percusión monótona del ferrocarril insinuaba melodías que habitualmente interpretábamos, a veces entusiasmados, a veces desidiosos, en las tardes de café. El paisaje fugaz, la perseverancia de las catenarias, el cielo idéntico y los desasosiegos nos hicieron caer dormidos. Abrí los ojos ante la insistencia desatendida del revisor, que zarandeaba un brazo a Teófilo en la intención de despertarle para ver nuestros billetes. Se los proporcioné y, sin malicia alguna, me advirtió que mi amigo estaba pálido, casi cadavérico, posiblemente mareado por el traqueteo del tren. Resté importancia a su opinión revelándole que aquel señor tenía tan deplorable aspecto no por el mareo, sino por la embriaguez y añadí que, en contra de su voluntad y obligado por razones de honor, regresaba a su pueblo para casarse con la muchacha menos agraciada de los contornos. Le divirtió la explicación y con una risa gutural prosiguió su trabajo por el resto del vagón. Desde entonces el recorrido fue sosegado, tan sólo la tentativa de conversación por parte de una mujer vestida de alivio de luto empeñada en que el rostro de Teófilo le era familiar y la impertinencia de un perro olisqueando el cuerpo del contrabajista perturbaron nuestro propósito de pasar desapercibidos. Al arribar al fin a la estación, el revisor se prestó solícito a ayudarnos para descender a nuestro desdichado amigo y, una vez en el andén, le propició unas palmadas de ánimo en la espalda y nos deseó que, al menos, disfrutásemos de la boda. Moraleja del Conejar era el siguiente pueblo. El dinero de la colecta estaba ya en los bolsillos del primo de Benedicto y habíamos agotado nuestros escuálidos ahorros entre la fonda, el carretón y los billetes para el tren. No habíamos comido en todo el día ni atisbábamos la posibilidad de hacerlo. Menos aún podíamos costear un transporte por humilde que fuera hasta la población vecina y, conscientes de ello, alzamos a Teófilo uno por cada lado y comenzamos a caminar por la carretera. Habríamos avanzado apenas un kilómetro cuando nos alcanzó una camioneta con un melón toscamente dibujado en su portón de atrás. El vehículo se detuvo y el melonero, un hombre orondo de camiseta sucia, nos incitó a subir sin preguntar hacia dónde íbamos. No se extrañó del estado de Teófilo y, una vez acomodados los tres entre los melones, nos dijo que se dirigía a Moraleja y, si no nos complacía el lugar, recorrería después otros cinco pueblos más. Agradecimos su benevolencia y, mientras nos maullaban los estómagos estimulados por el olor dulzón de la fruta, la camioneta conquistaba nuevas tierras más resecas cada vez. Frenó bruscamente, haciendo rodar delirantes todos los melones, y a través de la diminuta ventanilla distinguimos a dos hombres con los rostros cubiertos y las manos armadas. Nos hicieron descender y, maldiciendo la falta de destreza de Teófilo, dispararon a uno de los melones que se había deslizado hasta el suelo. El fruto saltó en pedazos jugosos y su vientre de pepitas se esparció sobre todos nosotros. Cuando partieron con la camioneta y su melosa carga dejándonos a un costado de la carretera, el melonero rompió a llorar inconsolablemente como lo hacen los niños. Alzamos a Teófilo y reanudamos la caminata acompañados del gimiente vendedor que detuvo su congoja para preguntarnos qué le sucedía al amigo ciego. Una vez que le hubimos aclarado que había muerto y por ello regresaba a su casa, reanudó el llanto adornado con agudos hipos hasta que, cierto tiempo después, divisó a lo lejos un carromato que avanzaba en nuestra dirección. Tenía un aspecto marchito, repintado de azulón y con unas cortinas rosas rematadas por puntillas en todas sus ventanas. Lo guiaban dos bueyes cansinos azuzados por un hombre anguloso de cabellos abrillantados y, cuando estuvo prudentemente cerca, el melonero partió corriendo a su encuentro. No le fue difícil convencer al cíngaro para que nos permitiese unirnos a la nutrida comitiva que viajaba en el carromato. Una vez en su colorido interior, la mujer de mayor edad, desde cuyo pañuelo pendían pequeñas monedas sobre su frente, colocó unos cojines abigarrados bajo la cabeza de Teófilo en la argumentación de que la muerte debiera ser más cómoda que la vida. Recorrían la región proyectando cine y exhibiendo en el intermedio de las películas leves números malabares. Apuntando los enormes rollos recostados en un rincón, uno de los muchachos demasiado joven para lucir tan retocado bigote, nos relató, por si estuviésemos interesados en asistir a la función, que esos días echaban un filme de Jorge Negrete. Benedicto y yo nos miramos presumiendo que tal coincidencia garantizaba el logro de nuestro cometido y dos horas después entramos triunfantes en Moraleja del Conejar. El carromato se adentró hasta la plaza mayor donde descendimos con los cuerpos anquilosados y las almas dichosas. Recostamos a Teófilo junto a una fuente cuyas aguas manaban a través de numerosos caños canturreando una melodía prodigiosa. Dos ancianos que se hallaban sentados en una poyata de piedra frente al último sol, tras murmurar conjeturando, se levantaron llegándose hasta nosotros para indagar por qué Teófilo, el hijo de la señora Felipa, yacía junto a la fuente tan elegantemente ataviado. Argumentamos la historia una vez más y les rogamos que nos indicasen como llegar hasta la casa de esa señora Felipa. Se hallaba en la parte alta del pueblo, aledaña a la iglesia, y, en el transitar esforzado sustentando al muerto con nuestros desnutridos brazos, fueron sumándosenos numerosos lugareños hasta formar una peculiar procesión. El trayecto era lo suficientemente largo o nosotros lo recorríamos tan reverentemente lentos como para que se unieran a la comitiva varias plañideras y el cura párroco quien, ejerciendo de anunciador de la noticia, fue el primero en expresar su pésame a los sorprendidos padres. Contribuimos en todos aquellos menesteres que la ocasión requería y, al caer la noche, mientras la madre teñía de negro en una olla el traje de Teófilo, nos sirvió unas lentejas que nos produjeron un contento inapropiado. No teniendo donde dormir decidimos ir al cine y, a la mañana siguiente, ojerosos y satisfechos por haber cumplido nuestro propósito y, con él, la última voluntad de Teófilo, resolvimos emprender el viaje de retorno. Antes de partir, con un violonchelo descascarillado y un violín de tres cuerdas prestados por los cíngaros, interpretamos varias melodías desusadamente alegres durante el funeral. A su fin el bobo del pueblo aplaudió con entusiasmo y el cortejo partió presto, como si el viaje no hubiese finalizado aún, por el amarillento camino que llevaba al cementerio.

La bella Ponce

2008
2º premio
Francisca Muñoz Sastre

Rosa La Bella Ponce era la alegría de la calle Obispo. Cada mañana, cuando la gente ya había olvidado el calorcito de la almohada, Rosa La Bella Ponce salía al balcón de su pisito para regar los geranios, y aunque el cielo de su Habana Vieja amenazara con sacudir la ciudad, ella nunca faltaba a su ritual.

-¿Cómo se encuentra hoy mi Comandante? – le decía a su tomeguín de pelaje rojo y pico amarillo, cuyo color se encendía más al notar cercana a la jaula la mano de su ama.

Después canturreaba algún ritmo salsero y movía su cuerpo al mismo son, mirando de reojo al quiosquero de enfrente, que le había robado el corazoncito. Le veía cada mañana salir del portal de la iglesia para abrir su puesto solo unos metros más allá. No sabía a ciencia cierta cuando empezó a interesarse por Sabino Lima, aunque debía haber sucedido hacía algunas semanas, pues pese a que el invierno ya tocaba a la puerta, Rosa La Bella Ponce salía al balconcito ligerita de ropa para captar la atención de aquel cubano escondido tras un diario.
Una vez estuvo a punto de gritarle algo para que la mirara, pero a penas si tuvo tiempo de echarse atrás, no fuera que aquel hombre de la guayabera color marfil se asustara. Algún día incluso se aventuraba a pararse frente al quiosco, y ante la anodina mirada de Sabino Lima tras unas lentes que debieron de pertenecer a algún familiar lejano, se servía dos o tres diarios, hasta el Granma Internacional, porque no quería ni imaginar que la tomara por una cualquiera.
Cuando se despedía de él y cruzaba la calle hacia su portal, se giraba después de dar varios pasos y le sorprendía mirando por encima de las gafas el contoneo de sus espléndidas caderas.

De tantas preguntas que hizo por el barrio supo que la melancolía que embargaba a aquel hombre era causada por la muerte de su esposa al dar a luz a su único hijo. Pero su bebito sólo aguantó seis días más. Sabino Lima, que había gastado de tanto besarla la medallita de la Virgen de la Caridad del Cobre, había caído en una depresión. Y, doliéndole cómo le dolía la muerte de su esposa, se lamentaba aún más de que la madre y el bebito ni siquiera estuvieran juntos, porque sin haber tenido tiempo de bautizar al crío, le había dado pasaporte directo para el limbo.
La Bella Ponce estuvo tentada un día que se había levantado con cara de mala noche, a seguir sus pasos cuando se adentró en la iglesia, pero se contuvo como si la fuerza de los orishas la hubieran hecho retroceder.

Una mañana, después del consabido repaso a los geranios y al tomeguín, Rosa La Bella Ponce decidió echar el resto y, ataviada con una bata de dibujos chinos, bajó al quiosco provista del desayuno para aquel hombre desganado.

-Sabino, deje el periódico a un lado y coma un poco – le dijo. Acercó un taburete para sentarse junto a él y le puso sobre las rodillas el plato con las rodajas de pan para que las mojara en el café con leche – los diarios nunca nos dicen lo que pasa y además, en esa guayabera ya caben dos Sabinos de lado.

Y Sabino Lima sonreía mientras sorbía el café con leche. Ella pensaba que su cara se sonrojaba por la calentura del café, pero en realidad lo que no imaginaba era el calambrazo que sentía aquel hombre cada vez que ella le rozaba con sus rodillas desnudas.

No pasaban más de dos días seguidos sin que Rosa La Bella Ponce bajara para hacer compañía a Sabino Lima. Sentaditos en el portal del quiosco, hablaban de cosas banales, o simplemente evitaban sus miradas, dirigiendo la vista hacia el tomeguín que cantaba alegre en el balcón. Ajena a los rumores que circulaban entre las paredes de la calle Obispo, ella decidió tomar la iniciativa.

-Sabino, ¿sabe usted que lo que más me alegra el alma es bailar?-lo había dicho como quien no quiere la cosa

El no decía nada, solo sonreía.

-Este sábado toca un grupo nuevo en el Salón Rosado de la Tropical – Le había salido de sopetón, esperando lo peor
-Si, lo vi anunciado en el Cuba Free Press – dijo Sabino
-No me lo perdería por nada del mundo

Y después de casi una hora de diálogo, ella le convenció.

Aquel sábado pasaron una velada muy agradable, aunque sin moverse de la silla, y pese a que Sabino Lima decía que todavía guardaba luto, la vista se le iba cada vez que algún cubanito sacaba a bailar a Rosa La Bella Ponce, y se quedaba hipnotizado mirando los dibujos chinos del vestido de aquella mulata.

Tras el tercer daiquiri le contó su obsesión por el limbo, y lo triste que se sentía porque ni siquiera podría reencontrarse con su hijo al morir.

-Eso del limbo debería ser una guardería en el Cielo, con su horario de visitas

Y a pesar de lo serio de la conversación, el cubano de la guayabera no podía reprimir una sonrisa al escuchar las ocurrencias de aquella mujer.
De regreso a su Habana Vieja, Sabino casi le robó un beso, pero se echó atrás en el último momento. Rosa La Bella Ponce lo entendió, aunque sólo le hubiera faltado un daiquiri más para meterse en la guayabera de aquel hombre y hacerle tocar el cielo en la oscuridad del portal.

Tan absorta había estado Rosa La Bella Ponce con los últimos acontecimientos, que no se dio cuenta de que el invierno ya se había instalado en una esquina de su salón, pillándole tan baja de defensas que agarró tal catarro que la tuvo en cama más tiempo del que podía recordar.

Sabino Lima se reencontró con su depresión al contemplar desde el quiosco los geranios mustios y que el Comandante ya no era tan rojo como antes, incluso había dejado de cantar.
Llegó a pensar lo peor, y dando por sentado que hubiera sido demasiado perfecto que aquel monumento se hubiera fijado en él, decidió cerrar el quiosco y marcharse por la puerta de atrás.

La calle Obispo vivió aletargada hasta que Rosa La Bella Ponce, aunque con una sensible pérdida de peso, apareció un día en el portal.
Se quedó de una pieza de pie frente al quiosco cerrado, con su vestido de dibujos chinos meciéndose por la suave brisa que atravesaba toda la calle. Y sintió mucho frío, más del que hacía aquella mañana.
En el suelo, el paquete de periódicos del día anterior atados con un cordel morado. La noticia de la portada arrancó una sonrisa a Rosa La Bella Ponce. ¡Maldita sea la gracia! pensó.
El Papa había decidido echar el cerrojo al limbo y confiar a todos sus moradores a la misericordia de Dios.

lunes 1 de octubre de 2007

Milagro en la alberca

2007 (Segundo premio)

Miguel A. Carcelén Gandía

Miguel A. Carcelén recogiendo el premio y diploma como segundo clasificado en la VII Edición. ----------------------

- ¿Y qué le vamos a hacer, marido? Bien que nos lo advirtió el cura antes de casarnos, que aun con dispensa de Roma y todo los casamientos entre primos traen hijos tontos. Y tú, que nada, que eso eran cosas del siglo pasado. Pues ahí lo tienes. Tantas prisas y ahora no hay día que no se te caiga de la boca la monserga del crío a medio hacer.
Y Nico, en su cortedad de luces, espiando la conversación entre sus padres entendía que como no estaba hecho del todo, aún tendría su brazo izquierdo posibilidad de crecer e igualarse con el derecho.
- ¿Dónde está el trozo de brazo que te falta, Nico?, ¿lo ha echado tu madre al puchero?
Nico se reía. Porque Nico tenía una sonrisa encantadora -apenas bobalicona-, quince años, pelo ralo, dientes grandes, una cicatriz rencorosa en la rodilla, dos pares de pantalones idénticos, una novia impedida y una bondad natural que ya la hubiese querido para sí cualquier santo agrio de los que adornaban el retablo del templo del pueblo.
Nico también tenía un padre amargado y una madre cuyo único deseo consistía en morir después que su hijo para poder cuidar de él hasta el final, y antes que el marido para gozar en el cielo de, al menos, un tiempo sin sus palizas. Suponía la buena mujer que en el cielo le sería igual de difícil sisarle al esposo unas pesetejas con las que conseguir algo de sustancia que alegrase el guiso soso de todos los días.
A Nico le gustaba hacer reír, le encantaba confundir su risa franca con la alegría de la gente. Era un modo de ir expulsando de su cerebro los gritos del padre y el llanto de la madre. No le apetecía recordar los golpes que se oían en la habitación contigua después de que su madre, invariablemente con cara de resignación, le dijera: “Anda, cielo, vete a echar la siesta”. No le gustaba dormir la siesta a las once de la mañana o a las ocho de la tarde, cuando dictase la borrachera de su padre. Tampoco le gustaba la sopa de pan con que se despachaban todos los santos de los días debido a lo mal que andaban las cosas en el campo, según su padre, y a lo mucho que costaba el aguardiente, según su madre. Ni la sopa de pan ni el chusco pétreo que la acompañaba.
- Vengo a por el tabaco de mi padre, Antón. ¿Hay por ahí tirillas de tabaco? –preguntaba con su lengua de trapo.
- Al fondo del mostrador te he guardado unas cuantas, criatura –malamente vocalizaba el tabernero.- ¿Cuántas tienes ya?
- Un montón, Antón, pero me falta otro montón, Antón –y sonreía de lo bien que sonaba lo que acababa de decir.
El estanquero le había hablado de una promoción en la que al reunir un kilo de tirillas de tabaco regalaban una silla de ruedas. “Pero, Nico –le advirtió-, un kilo de tirillas son muchos montones de tirillas, tenlo presente.”
Él las prensaba y las escondía en la funda del colchón, y se alegraba al comprobar cada cierto tiempo cómo aumentaba su grosor o, al menos, en esa ilusión se mantenía.
- Toma, criatura, cómete estas aceitunas, que más que un guacho pareces la fotocopia de una lagartija de lo esmirriado que estás.
- Pues yo quiero ser una lagartija, Antón, una lagartija. A las lagartijas les crece la cola si se la cortan y yo quiero que me crezca el brazo.
Y los abuelos, entonces, ya no se reían con la ocurrencia del chiquillo. Más bien amagaban un gesto de pena.
A Zulema también se lo había confesado: “De mayor quiero ser una lagartija, para que se me igualen los brazos.” (Para sus adentros pensaba que preferiría que a la niña le crecieran las piernas antes que a él el brazo). Y Zulema, que a todos los efectos ejercía de novia oficial de Nico, se sonreía. Sus doce años daban para entender que un niño, cuando se hacía mayor, se convertía en un ser con más futuro que pasado, nunca en una lagartija. “Pues a mí me gustaría ser una rana, para poder dar grandes zancadas”, decía ella mirándose las piernas raquíticas, inservibles.
El chiquillo soñaba con el día en el que pudiera llevarla en su flamante silla de ruedas a la orilla de la charca de la huerta de su padre. Allí, de atardecida, las ranas componían mediocres serenatas que a Nico se le antojaban hermosísimas. Cada vez faltaba menos para el gran momento, el colchón iba engordando.
- Nico, le estás quitando el trabajo a los barrenderos –se burlaban de él, sin mucha malicia, los desocupados de la plaza al verlo afanarse en la recogida de cintas de tabaco.
Nico era parte del paisaje municipal, como las cigüeñas de la torre, el reloj del ayuntamiento o el depósito de agua. “Es que no hay pueblo sin tonto ni estación de tren sin monja”, sentenciaba el alcalde siempre que se cruzaba con el chaval para dar salida a la antipatía que sentía por su padre, sólo porque se le había adelantado como pretendiente de María. Nico se reía, y eso exasperaba todavía más al munícipe principal. “Y pensar que podría ser yo el padre de ese retrasado, ¡válgame el cielo! Si es que Dios sabe hacer bien las cosas...”
- Mañana toca cavar cepas, así que que se acueste pronto el crío y deje de entretener a la tullida del vecino, que tendrá que madrugar –casi escupía el padre a su mujer.
Si Nico nunca llegó a aprovechar las facilidades que le dieron para que estudiase en la capital en un centro de disminuidos se debió más al interés del padre en sacar partido a la fortaleza de sus brazos en las labores del campo que a la desidia de los servicios sociales del ayuntamiento. El mal viaje de una azada dejaba constancia en la rodilla de Nico de lo muy temprano que había sido su bautizo en la viña.
La mala suerte quiso que al día siguiente el aprendiz de agricultor se entretuviese en la plaza recogiendo tirillas y llegase al majuelo cuando el padre ya había desgranado cuantas letanías de maldiciones se sabía. Esa tarde se emborrachó como en las grandes ocasiones y Nico durmió la siesta durante muchas horas. Como castigo a su tardanza se le prohibió visitar a Zulema. Probó entonces el muchacho por primera vez en su vida el sabor salobre de las lágrimas, y la madre se maravillaba al verlo llorar y reír a un tiempo, ya que la sonrisa en él había pasado a ser naturaleza y ni la tristeza más profunda conseguía desdibujársela.
Dicen que fue en el tiempo de las cerezas primeras y los vencejos tardíos cuando vieron pasearse a Nico por los alrededores de la plaza con gesto cabizbajo. Fue novedad; y hasta el alcalde se compadeció de él. Antón tuvo que abandonar su refugio del mostrador para acercarle al tonto del pueblo no un plato, sino una buena bolsa de aceitunas que Nico ni probó. Cuando se la entregó intacta a su madre ésta supo ver flotando en el agua verdosa pedacitos del alma del muchacho. Al tercer día de ver a Nico en tal estado de postración, que ni el pan blando del día –sisado muy a escondidas al padre- comió, se saltó la prohibición del marido y ella misma, de la mano, llevó a su hijo a ver a Zulema.
Nico y la niña hablaron largamente, como dos viejos conocidos reencontrados tras una larga separación; fue como redescubrir un barbecho reinventado tras la lluvia. Hablaron ajenos a los golpes que unos cuantos tabiques más allá se dejaban apenas oír. Nico no pudo ver la cara amoratada de su madre cuando, a escondidas, se acercó a la casa a recoger las tirillas del tabaco. Sí la vio, en cambio, al regresar del estanco. No lloró porque había agotado todas las lágrimas. El reguero salado que unía su casa con el estanco tardó varias jornadas en secarse. “Lo siento, Nico, ¡quién iba a pensarse que...! Si lo de las tirillas caducó hace lo menos dos años... Creo que te dije que era casi imposible reunir un kilo...”. Esas palabras del estanquero dolían como alfileres clavados en su cerebro. Sería empresa demasiado complicada ir expulsándolos, igual que hacía con los golpes que se le colaban por los oídos durante las aborrecidas siestas. Cuatro años para nada. “Mama, cuatro años, ¿sabes?, cuatro años y el escondite del colchón no ha servido para nada”. Caricias de la madre, besuqueos, intentos de sacar ánimos de donde sólo quedaba desesperanza. “Anda, cielo, vete a echar la siesta”, decía asumiendo que aún habitando el fondo a uno lo podían hundir todavía más.
Nico nació falto, y su vecina impedida. Otros tuvieron más suerte y nacieron con pecas en el rostro o naricillas de ratón.
Dicen que lo vieron por última vez llevando en brazos a Zulema, sonriente, en dirección a la huerta y que era tal su determinación que nadie osó cuestionar su camino; dicen también que fue la pena por la muerte de Nico y no la brutal paliza del marido lo que mató a la madre. Se dijeron tantas cosas que es muy difícil espigar la verdad. Lo único incontestable es que los cuerpos de Zulema y Nico aparecieron flotando en la alberca a la mañana siguiente; soplaba vulturno y se oían a lo lejos las campanas sumergidas del pantano. Ninguno de los dos sabía nadar, no fue necesaria autopsia, de haberse realizado difícilmente se podría haber explicado por qué el brazo izquierdo del muchacho tenía igual longitud que el derecho y por qué los músculos de las piernas de la chiquilla gozaban de la consistencia que nunca habían disfrutado. El cura, en la homilía del entierro, evitó hablar de milagro: prefirió centrarse en la existencia del limbo, lugar en el que desembocaría Nico por ser un espíritu cándido.
Dicen que fue en el tiempo de las cerezas primeras, en la época de los nimbos algodonosos y los vencejos tardíos cuando sucedió todo esto. Algunos, los más fantasiosos, aseguran que el padre perdió el juicio y que aun sin estar bajo los efectos del aguardiente hablaba de dispensas papales para primos hermanos y del prodigio de una rana y una lagartija que jugueteaban juntas a todas horas en la orilla de su alberca.

Ángeles negros

2007 (Primer premio)
Raúl Galache García

Raúl Galache en el momento de recoger el premio y diploma que le acredita como primer clasificado en la VII Edición.
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Cuando llegó la comitiva de coches negros que encabezaba orgulloso el alcalde, se encontró con que la plaza del pueblo estaba tan sólo ocupada por el sol rabioso de las dos de la tarde. Ni una pancarta agradecimiento, ni vítores, ni coro de niños, ni el cura con el hisopo bien cargado. El regidor, que había ido a la capital dos semanas antes y que había recorrido el resto de la comarca con aquellos peces cada vez más gordos de cabrito y lechón, había estado presumiendo ante sus colegas, a lo largo de los quince días, del recibimiento que les tenían preparado, que iba a dejar en cosa de paletos los alardes de los demás pueblos. Así que, ahora, ante el silencio de lo que parecía una siesta fantasmal, sólo supo tragar saliva y quedarse mirando el polvo que del suelo habían levantado los coches, como si esperara que de él fueran a brotar los bien aleccionados vecinos. “Os traeré a los del gobierno de la capital”, les había dicho. “Vienen a celebrar que ya tenemos teléfono. Haced algo grande, más grande que todas las fiestas del santo juntas”. Pero eso suponía más gasto que cuando vino el obispo, encima por el teléfono, habían mascullado los vecinos. Y es que nunca les gustó don Basilio, su alcalde. Seguro que le habían puesto a él porque tenía contactos en la capital y, además, nadie olvidaba sus delaciones que habían terminado con buena gente sabe Dios dónde por conspiradores. A la única que le gustó lo del teléfono fue a La Mili. Milagros había cumplido entonces los dieciséis. Para ella, el mundo que veía era poco más que los difusos perfiles y los desvaídos colores que distinguía a cuatro o cinco pasos, pues, más allá, no había sino las tinieblas de la imaginación. Había ensanchado los límites de la realidad más confusa y lentamente que los demás niños, por lo que en el pueblo siempre la tuvieron por torpe, incluidos sus padres, que, cuando supieron que la niña era poco menos que ciega, se miraron con la culpa en los ojos. Aceptaron el embarazo y la boda con la resignación de quien sabe que se merece un castigo, pues la pequeña era el fruto de un atardecer de verano, de los ardores del alma y de la desmesura juvenil. En la escuela aprendió poco más que a escuchar historias que en su imaginación eran trastocadas por el vuelo de una fantasía vibrante y fecunda. Así, cuando instalaron el teléfono y pensaron en quién podría hacerse cargo de la centralita, en seguida salió su nombre. Los vecinos entendían que era una forma de quitar a sus padres una carga —“el Estado mantiene a la telefonista”—, darle un futuro a la pobre chicha —“quién va a quererla para mujer”— y, de paso, matar recién nacida la idea del alcalde —“ya veremos lo que le dura el invento”. Don Basilio no tuvo otra que aceptar, pues a ninguna otra moza habría logrado convencer. Además, los de la Compañía le aseguraron que hasta un tonto sabría manejar el aparato y ése era el caso. Pensó que por probar nada se perdía y que a alguien necesitaba para cuando vinieran los del gobierno. Cogió a la joven del brazo y le habló despacito y muy alto: “hija, tú haz lo que estos señores te enseñen”. Le pusieron unos auriculares y le dijeron que con ellos lo oiría todo. A la chica se le iluminó el rostro como si se le hubiese aclarado la vista, pues toda su vida se asentaba sobre sonidos. Le explicaron dónde tenía que meter los pinchos y se sentó con sus auriculares abiertos al mundo entero.
Ahora don Basilio se arrepiente de haber concedido a la pobre tonta el puesto. Ya sabía yo, piensa, que eso era mucho para ella. Maldice a la idiota en silencio mientras los hombres de corbata le miran de reojo con sus pupilas afiladas y sus estómagos rugientes. Si casi no sabe ni hablar, sigue pensando. Pero la verdad es que, en estos quince días de la nueva era, Milagros ha soltado la lengua para admiración de todos. Acaso por compasión, acaso por curiosidad, todos le preguntan qué se oye por el teléfono, ya que sólo el alcalde, su secretario don Braulio, don Antonio el ganadero y algún que otro con posibles tienen el aparato. Don Antonio mandó a su hijo a estudiar muy lejos y ahora puede hablar con él a menudo. El chico le cuenta que se esfuerza mucho y que apenas tiene tiempo para otra cosa que no sean los libros. “Aquí son todos muy listos, padre”, “sí, sí como, madre”, “hay coches por todas partes y camiones y camionetas”, “claro, porque me llamarían paleto”, “los profesores son muy serios y muy sabios”, “muy limpias las mozas, sí, sí”, “pues me invitaron a merendar a su casa y no veas qué cosas, que todo era enorme menos las tazas y los bollos, y gracias pacá y por favor pallá”, “hombre, una criada con su uniforme”. Y cuando a Milagros le preguntan las mujeres, cuenta lo que ha escuchado y lo que su imaginación ha completado: “pues el chico del Antonio se ha echado una moza de la ciudad y tiene una criada que le hace bollos grandes como casas y dice que en la ciudad todos van muy limpios y son muy serios y tienen bigote”. A los vecinos poco les importa si lo que Milagros dice es verdad o es mentira. Lo que les interesa es que el mayor de don Antonio anda todo el día de farra comiendo bollos, montado en coche y persiguiendo criadas. Y que en la ciudad la gente nunca anda porque van en coches que huelen muy bien. Entre unas historias y otras, Milagros se ha ido convirtiendo en una suerte de juglaresa del pueblo, a la que buscan a hurtadillas las vecinas. Incluso, de Milagros, ha pasado a ser La Mili, la Mil Historias. Es verdad que todo esto interesa más a las mujeres que a los hombres, que aparentan desdén ante lo que parecen asuntos banales. Malo sería mostrar interés por cuestión tan poco masculina; ya bastante tienen con lo suyo como para andar con esos líos. Ellas guardan, transmiten y crean ese almacén de historias que en apenas dos semanas se ha ido enriqueciendo como el río con las lluvias de otoño. “Pues me ha dicho La Mili que por ahí lejos hay una guerra de las gordas y que las bombas podrían llegar hasta aquí”. Ni siquiera a esa noticia atendieron estos hombres de espaldas duras de tierra y sol. “Mira, Milagros, estate bien atenta a lo de las bombas”. “Pues he oído que se están quedando sin soldados, que de tantos como mueren no mandan a las casas ni los restos, tan pocos pedazos quedan”.
El sol del mediodía parece espesar los segundos en la calva del alcalde. Piensa en si no será culpa del patán de su secretario. Desde luego, le llamó hace dos días y le dijo bien claramente que llegaban hoy y a esta hora. Pero este hombre es medio bobo y de él poco se puede esperar. Otro tendría que haber sido su ayudante, pero nadie hay tan sumiso en este pueblo de mala muerte.
Sin embargo, don Braulio atendió y entendió las órdenes de su jefe. La Mili escuchó la llamada. “Llegamos a las dos. Quiero a todos los hombres preparados para que los vean bien. Que se sepa lo que valen. Y que no me hagan un feo, que a gente tan importante no van a conocer.” Y la Mili se encargó de hacer correr la noticia. “Vienen los del gobierno a ver a nuestros hombres”. Rápidamente voló entre las mujeres la voz de “se nos llevan a los maridos y a los hijos”. “Qué vamos a hacer sin ellos”. “Y dicen que todos mueren”. “Y dicen que acaban despedazados”. “Y qué nos importa aquí la guerra esa del alcalde y sus amigotes”. “Pues ni hablar”, “ni por pienso”, “ni que lo pida el papa”. “Y vienen pasado mañana”. “¿Y quién sabe esto?”. “Don Braulio el secretario es el que lo sabe”. “Ése es un bicho”.
Al fin ve movimiento el alcalde al otro lado de una de las ventanas de la plaza. Las cortinas se corren y un rostro se asoma. Era imposible que al menos no hubieran oído el ruido de los coches. De la ventana se asoma una mujer con un pañuelo negro en la cabeza. Abre los cristales y mira fijamente a don Basilio. Los recién llegados vuelven la mirada hacia la ventana. La mujer alza el brazo, parece que fuera a saludar. Pero tiene el puño cerrado y algo guarda en él. Antes de que los visitantes se planteen qué está ocurriendo, un huevo se estampa en la bien planchada camisa del alcalde.
“Llegarán mañana a las dos”, esta vez La Mili no trastocó el contenido del mensaje. La información pasó de mujer a mujer con el mimo de los secretos y los tesoros ocultos. Ningún hombre supo nada, ni mucho menos don Braulio, que, una mañana, cuando caminaba hacia la casa consistorial, se topó con diez mozas bien recias. Todo había sido organizado entre murmullos y miradas certeras, pero sin dejar escapar detalle alguno. Las diez jóvenes que cerraron el paso al secretario eran las más fuertes y habían probado su valía levantando alpacas. Visten de negro y cubren sus cabellos con un pañuelo del mismo color. Sus rostros se muestran tan secos y hieráticos, que a don Braulio le viene a la mente la imagen de la muerte del retablo de la iglesia. “¿Dónde va usted esta mañana, don Braulio”, “pues, mirad, a colgar un bando de una cosa muy importante y a anunciarlo en la plaza”, dice con la voz y las carnes trémulas. Aún con la última palabra colgando del labio, se ve agarrado por innumerables manos. “Usted se viene hoy con nosotras”. Conoce esas caras, pero le parecen otras, como trastocadas por una pesadilla. Calla y mira con sus ojos redondos como los de las vacas. “Y se va a estar calladito hasta mañana”. El hombre nada entiende y aun durante todo el día y la noche que pasa encerrado en el pajar de la Ambrosia sigue sin saber qué está pasando. No osa preguntárselo a esos ángeles negros que llevan horca en vez de guadaña y que se turnan para vigilar su rostro de cera derretida.
Todavía está don Basilio con la cáscara de huevo en la mano y la yema en la camisa, cuando empieza a oír a sus espaldas las mal silenciadas risas de sus acompañantes. Le suenan a crujir de huesos. Quisiera dejarse derretir por el sol o filtrarse como agua en los surcos. Entonces, al otro lado de la plaza, aparece una joven vestida de negro. Conforme se acerca a él, reconoce enseguida los andares titubeantes de Milagros. Aún a cierta distancia, se detiene y le habla a su alcalde alto y despacio: “tengo un recado para usted:”. Lo que faltaba, si la culpa es mía por fiarme de ti, qué se puede esperar de semejante calamidad, piensa don Basilio, antes de escuchar el resto de la frase: “los hombres se quedan”. Antes de que el edil se plantee el significado de estas palabras, antes de que los demás de la comitiva crucen miradas de incomprensión, antes de que el viento vuelva a levantar polvo amarillo, surgen desde todas las calles que dan a la plaza ángeles negros con sus cabellos tapados. No gritan, no cantan, no lanzan vítores, sólo avanzan. Alguien ya echa un paso atrás buscando la puerta del coche, otro busca hueco en las espaldas de los más grandes, hay quien deja caer su cigarrillo de la boca. Pero todos salen huyendo cuando una lluvia de piedras empieza a bombardearlos con el filo de los puñales. Retumban las chapas abolladas de los autos, estallan aristas de cristales, un hueso se rompe en un quejido ahogado. Todos se atropellan, se empujan y pisan buscando el refugio de los coches. El aire se arremolina endiablado. Los ángeles negros parecen legión. Se diría que no tienen rostro. O que todos tienen el mismo. Nada detiene su paso. Al fin empiezan a sonar los motores, las puertas se cierran y una ola de polvo se abalanza sobre las mujeres cuando ven cómo los coches se alejan.
Entonces, don Basilio, acurrucado en un coche, tembloroso como un ternero recién parido, ciego de vergüenza, oye a lo lejos los vítores y vivas con que había soñado durante los últimos días. Alertados por los ruidos, los hombres del pueblo han llegado, pero solamente ven a sus propias mujeres que regresan a sus tareas con el paso de siempre. Entre ellas, La Mili, que parece caminar más decidida que nunca. Poco después, en la plaza, el polvo vuelve a posarse con la calma de las cosas sencillas.

Beatus ille

jueves 30 de agosto de 2007

Te acordarás de mí

2006
Mario Stein Blau

Decidí enviar este sobre a tu oficina, no a tu casa, era arriesgado, hubiera podido abrirlo Alicia, para ella tengo algo diferente. Mete nuevamente la mano en el sobre. Encontrarás otro pequeño, de papel delgado, sientes algo blando dentro, liviano, esponjoso al tacto. No lo abras aún, termina de leer esto antes.

Eres Alejandro Maldonado. Un domingo de enero, nos vimos brevemente. Dos minutos de fuerte emoción quedaron grabados a fuego en mi memoria. Solamente retuve la matrícula de la camioneta que conducías. Inmediatamente después me nació este extraño impulso de meterme en tu vida. Cuando termines de leer esto, tendrás enormes ansias de conocerme personalmente, pero me preocupé mucho de que esto no se concrete jamás. Esto de la internet es maravilloso. Comencé por la sección de vehículos del registro civil. La matrícula de tu camioneta. Ya sé quien eres. Estudiaste en el más tradicional colegio de formación inglesa. Se menciona en la revista de los ex-alumnos la lesión a la rodilla izquierda que te impide seguir con el rugby. Un artículo sobre las bolsas de aire de los coches, apareces con foto, ahora estoy seguro que eres el que conocí manejando la camioneta. Vendes automóviles. Situaciones judiciales pendientes, un feo choque. Murió en el lugar del accidente María Paz Recabarren, veintinueve años, soltera, secretaria de profesión. Era tu asistente. La llevabas a su casa después de una cena con clientes. Comprendo ahora tu lesión a la rodilla. Me llama la atención el lugar del desgraciado suceso. ¿Avenida Larraín? Esto queda en dirección opuesta de donde vivía la infortunada joven. Otro proceso, en un juzgado de menores. Pagas una pensión de alimentos a tu esposa Marcela Medina. La jueza ha establecido una rutina de visitas a tu hijo Roberto. Me duermo con una sonrisa.

A la mañana siguiente me puse en campaña. Aparezco pasando en la moto frente a tu casa. Está aún la camioneta. A las diez y media sales en ella. Pasan unos minutos. Me acerco a la casa y llamo. Me atiende una señora gorda.
- ¿Diga?
- Buenos días, ¿aquí vive Don Alejandro?
- Sí, pero el caballero no está. Se fue a la oficina hace un ratito.
- ¿Y la señora Marcela?
- ¿Marcela? No, aquí vive la señora Alicia.
- ¿Puedo hablar un momento con ella?
- Está ocupada en el baño. ¿Para qué sería?
Se divisa al fondo un coche blanco, antes tapado por la camioneta.
- Es por el asunto del seguro del auto de la señora Alicia. ¿Es ése, verdad?
- Sí, pero todo eso lo ve Don Alejandro.
- Ya, entonces paso por la oficina. Gracias señora, hasta luego.
Vigilo. Media hora después, la empleada gorda abre nuevamente. Sale el coche blanco, persigo desde lejos. Supermercado, estaciona en el subterráneo. Una mujer vestida de atuendo deportivo y zapatillas. La sigo. Delgada, bastante alta, no puedo determinar edad aún. Cabello liso amarrado en un moño. Habla bastante por celular. En la cafetería al centro del extenso establecimiento, lleva una bandeja con café y galletas a una mesita. Lee el periódico, habla por teléfono, ríe. Está pasando el tiempo. Toma nuevamente su carrito, paga y sale con dos bolsas. De regreso al coche. Nuevo destino, un gimnasio. Pasa largas horas allí. Temprano al día siguiente, me dejo caer por la venta de autos cuando aún no has llegado, obvio, comprobé antes que la camioneta está en tu casa. Finjo interés en un coche, se me acerca un vendedor. No te aprecia mucho, Alejandro. Lo noto al mencionar que te conozco. Comento lo atractiva que se ve la pequeña secretaria que atiende en la recepción. Tu colega sonríe, me sorprende que esté tan dispuesto a compartir conmigo, un desconocido, lo que sabe de ella: me informa que se llama Yasna, y que mejor ni me acerque, que es coto de caza privado. Intuyo de quién podría ser. Alejandro, eres todo un Don Juan. A ésta la contrataste para reemplazar a la pobre María Paz. Nuevamente a tu casa, Alejandro. Ya no está la camioneta, nos hemos cruzado por el camino. Sale Alicia en el auto, más o menos a la misma hora que ayer. Sigo a distancia prudente, nuevamente estaciona en el supermercado. Café, galletas, celular y periódico. Confirma mi primera impresión. No está nada satisfecha con su vida. Después se dedica a comprar, duplico su recorrido, echo a mi carrito algunas provisiones. No importa si recuerda haberme visto ayer. Un supermercado, entre las once de la mañana y las tres de la tarde, es la arena más habitual de oferta y demanda para concertar encuentros discretos y fugaces. Sigo mi inspección, no la he perdido de vista ni un instante. Buen cuerpo aún, se mantiene bien en el gimnasio. Estamos ahora en la sección de verduras. Pocos hombres incursionan aquí, menos un día de semana. Me acerco a ella por lo de los pimientos.
‑ Disculpe señora, ¿cuáles son mejores para hacerlos rellenos?

Admira que yo intente cocinar pimientos rellenos. Explico que vivo solo. Concordamos en nuestros gustos culinarios. Produzco una sonrisa ancha de mirada intensa que no deja duda alguna sobre mi deseo de hablar más con ella. Agradezco su ayuda con los pimientos y me despido. Ella sigue en las verduras. Me acerco nuevamente. Esta es la parte más delicada.

‑ Perdone, señora. Hago una pausa, la curiosidad puede más, ella interrumpe su elección de rúcula.

‑ Me gustó mucho hablar con usted recién. Es una tremenda frescura lo que voy a decir, le ruego disculparme por adelantado, siento ganas de conversar más, pero me doy cuenta que para usted puede ser complicado.

Mira hacia el lado, inspecciona endivias, radiccios y rábanos blancos. Vacilante, me dice, aún sin mirarme:

No puedo, tengo que ir al gimnasio.

Por supuesto, no tengo intenciones de molestarla, se me ocurrió esta idea loca, le dejo mi número, si tuviera algunos minutos en el día para que hablemos... ¿Cómo se llama usted?

Si no lo dice ahora, estamos fritos, la cosa se va a alargar por semanas, habrá que armar otros encuentros fortuitos, ganarle por cansancio, será muchísimo trabajo adicional. Sorpresa. Con una sonrisa:

Alicia Barrera.

Estiro formalmente mi mano, ella vacila un momento pero la estrecha, casi sin apretar. Más confiado, me lanzo al ataque.

‑ Por favor, diga que sí, Alicia, dígame que sí para irme contento.

Le anoto un nombre inventado ex‑profeso y mi teléfono, ese que como ya dije, compré especialmente para la ocasión.

Días después, cuando ya estoy temiendo que no pasará nada, me llama. Disimulo mis nervios, la cosa anda bien, seguiremos hablando. Un par de semanas, ya no perdemos día sin nuestra dosis. Un par de meses de trabajo intenso, paciente y fino de seducción. Pequeños regalos, entregados furtivamente, chocolates, un par de malísimos poemas. Propongo que nos encontremos. Finalmente accede. Nos tomamos un café, adivina dónde, Alejandro. Parados al mesón de la cafetería del supermercado. Le comento que hablar con ella se me ha hecho extrañamente imprescindible. Un largo silencio. Cuando ya creo que no contestará, en un hilillo de voz me reconoce que a ella le sucede algo similar. Me lanzo.

‑ Alicia, ¿otro día podríamos juntamos en algún lado en que nadie nos moleste?

Mediodía en el supermercado, estamos nerviosos. Nos vamos en mi auto al Internacional. Se sienta en la cama, inmóvil. Me acerco a ella y tomo sus manos, mirándolas unos instantes antes de comenzar a besárselas.

‑ Estoy nerviosa ‑ dice sin mirarme.

En un susurro propongo instrucciones.

‑ Cierra los ojos, Alicia, Si algo que yo haga te molesta, dímelo.

De rodillas sobre la cama detrás de ella, levanté su cabello, que ese día llevaba suelto en vez del habitual moño. Acerqué mis labios a sus hombros; recorrí suavemente su cuello, subiendo por su nuca hasta los primeros vellitos, desviándome hacia su oreja izquierda, volviendo a bajar por el mismo lado, permitiéndome liberar finalmente la tímida punta de mi lengua para tantear el camino. Qué deliciosos esos minutos, Alejandro.

‑ Alicia, ponte de pie, por favor. Así, de espaldas a mí. Deja los ojos cerrados, los brazos colgando.

Me paro detrás de ella, muy cerca, pero sin tocarla con mi cuerpo. Mis manos siguen acariciando sus brazos, Una de mis caricias ascendentes sorpresivamente modificó su rumbo y mis manos se adentraron por la blusa sin mangas, deslizándose hacia adelante y llegando a sus pechos. Su respuesta no se hizo esperar: acercó su cuerpo, su cabeza cayendo hacia atrás para buscar mi boca. Mi mano derecha saltó a jugar con un pezón izquierdo ansioso, endurecido; la otra, bien entrenada, aunque no soy zurdo, trabajó algunos instantes para abrir el frente de su delgado pantalón y deslizó fluidamente hacia sus rodillas la prenda, arrastrando como por error la interior también. La inmovilicé con fuerza, apoyando mi peso sobre su espalda de modo que tuviera que inclinarse algo hacia delante, y lancé mi ahora libre siniestra a la exploración desvergonzada del interior de sus nalgas, capturando dentro de mi puño la totalidad de sus carnes íntimas. Las retuve como quien juega con un inquieto cachorrito, sintiendo con emoción cómo comenzaban a fluir humores en rabiosa reacción a la inesperada invasión. Abandonando el delicioso puñado hinchado de labios vellosos, desligué rápidamente mis vestimentas y me guié con mis dedos nerviosos hacia la hendidura. La mano disponible tomó con firmeza su cadera izquierda, y en complicidad con mi pecho y brazo que aún la envolvían férreamente, imprimí a su cuerpo un crecendo de vaivenes. Intentó zafarse, pero su desesperada desventaja de fuerzas impidió su huída, mientras ya mí ritmo era un san vito alocado. Un curioso gimoteo surge de su garganta y se transforma de pronto en un llanto de quejidos de gozo salpicado de imprecaciones soeces gritadas a todo pulmón. Su cuerpo, apresado inexorablemente en mi abrazo y aún invadido por mi insatisfecha condición, es azotado por tiritones espásticos hasta decaer en total inmovilidad. Solamente persisten algunas exhalaciones suspirosas y su corazón golpeteando sobre mi antebrazo bajo sus pechos. Afirmándola como si estuviera inválida, la deposito vientre abajo sobre la cama, Noto que llora silenciosamente. Sé lo que siente. Sus fibras han sido sacudidas, ahora la mente inyecta remordimiento. Ella quisiera borrar todo este encuentro, no haber estado jamás allí. Quiere irse rápidamente. Concedo. Pido un modesto trofeo de recuerdo. Concede. Con tal de huir de este encierro. Guardo a buen recaudo el pequeño regalo que me ha dejado, el que encontrarás en el sobre delgado, Alejandro, si no lo has abierto ya. Raudos de regreso al subterráneo del supermercado. Un breve beso tangente a una mejilla. Alicia‑ no hablaremos de nuevo. Un supermercado al cual no entraré por un largo tiempo.

Alejandro, quizás recuerdas que al principio te comenté que nuestro primer y único encuentro fue fugaz. Después de esos dos minutos, que sinceramente me dejaron tiritando, transpirado y muy agitado, dediqué algunas horas al día a vigilar tu casa y seguir a Alicia. Hice lo mismo con tu secretaria. Hasta las siete se queda en la oficina, después se va a su departamento, vive con su madre y su hermano, que aún es estudiante. Tu colega de oficina me proveyó suficientes antecedentes. Sé que se llama Yasna. Antes trabajaba en la sección cafetería del supermercado. Una mañana pasaste tú a tomar un café allí. Puede que el ambiente en calle Crisantemos haya amanecido pesado, las habituales discusiones amargas, escapaste temprano. Yasna te atiende bien en la cafetería. Te la llevas a trabajar a la venta de autos, insinuando que habrá involucradas algunas sencillas tareas adicionales de índole personal. Una tarde en que la sigo hace un alto en el subterráneo del supermercado. Habitualmente bien concurrido por varios personajes de este relato. Apareces tú, la camioneta ya la conozco bien. Subes al diminuto coche de ella. Enfilan raudos por la Avenida Larraín, la de los moteles. Comprendo de inmediato. Por supuesto, en este caso es en tu camioneta en la que ella no puede ser vista. Entran al Internacional. ¿Entiendes mi elección de lugar para mi encuentro con Alicia? Algo como una hora después, aún está bastante luminoso, fines de verano, se te distingue claramente a la salida, tengo el sol poniéndose de espaldas a mí, la cámara con teleobjetivo trabaja certeramente.

Ese día en que nos topamos, Alejandro, yo salía de la autopista a la avenida. Te molestó que yo tomara por donde venías, a pesar de tu “ceda el paso”. Un tremendo bocinazo, aceleraste por mi costado y cruzaste por delante tu enorme camioneta, frenando, y así un par de veces más, hasta que con una mano empuñada fuera de la ventana, dedo del medio extendido al cielo, te perdiste. Aquí termina mi carta. A esta misma hora le están entregando a Alicia un sobre con las fotos tuyas con Yasna.

Walter Mitty

martes 28 de agosto de 2007

Justicia poética

2005
Pablo Rodriguez Medina
(La imagen recoge el momento en el que el ganador se dispone a dar lectura a su obra arropado por Ana Mª Martín Gaite y Antonio Calero de la Encarnación presidente de la Agrupación Cultural).


Panchita Rivaneira, mujer casi octogenaria, de algo loca la tacharían algunos, era una persona a la que el paso del tiempo y la soledad habían convertido en ancianita desvalida, huraña y de costumbres fijas: blanco apetitoso para estafadores sin escrúpulos.
A estas circunstancias que la hicieron víctima de tal canalla de gente, habría que añadir que no se le conocía familia, exceptuando un nieto que según contaban, estudiaba hace algún tiempo para actor y saltimbanqui y que se había desvanecido como si de un truco de magia se tratase, sin dejar rastro.
En el barrio donde vive Panchita Rivaneira, los vecinos aconsejan que si va con prisa nunca le saque este tema a la mujer porque de seguido sin apenas respirar le relata cómo lo crió de bien huerfanito, cómo lo echó a andar por el mundo y se descarrió metiéndose en ese oficio de menesterosos y mujerzuelas.
Por el suspiro con el que concluye sus frases podrán advertir en esa pausa, sin van sin prisa y se han quedado a escucharla, que en realidad Panchita Rivaneira echa de menos las trifulcas que sostenía con el truhán de su nieto.
Las discusiones entre ambos siempre partían del mismo origen. Una plebe de gatos tomaba la casa y el corredor; se colaban los mininos por el patio de luces y andaban sinuosos por el tejado, descomponiendo las tejas hasta punto tal que en la época de lluvias –o sea, todo el año- afloraban los lamparones de humedad que desconchaban la pintura del techo. No se quejaba el pobre nieto de los estropicios que causaban, ni del olor a meado –de tufo imborrable- que envolvía la casa por el verano: la causa nacía en la terrible alergia a su pelaje.
La piel del joven amanecía sembrada de sarpullidos, comida por las ronchas que se rascaba hasta tornarlas en costras; con los ojos inyectados en sangre y lágrimas, estornudando hasta la misma alma, maldecía la hospitalidad que la abuela brindaba a los gatos mientras repetía sentencias memorables de un Shakeaspeare que no podría interpretar.
Panchita Rivaneira, le ordenaba que, en su convalecencia, los atendiese.
-Son mis últimas voluntades, sacrílego- lo chantajeaba.
El pobre nieto, que parecía un fenómeno con aquella hinchazón, era incapaz de repasar los papeles para las pruebas de ingreso en las grandes compañías teatrales: un ataque de asma –provocado por su afección a los gatos- le había irritado las cuerdas vocales.
Ponerse bien la pobre Panchita y desaparecerle el nieto fue todo uno.
-Huyó el desgraciado,-explicaba Panchita a las vecinas que se acercaron con dulces de frutas, mosto y quina a visitarla después de que la vieja se sobrepuso a una pulmonía- malagradecido.
-No preocuparse, seña Panchita -le comentaba Ludivina, la portera que hacía de ama de llaves para ver si arramblaba con los excedentes de la fruta escarchada o la quina con que obsequiaban a Panchita-, no preocuparse, que verá usía qué prontico se lo trae de vuelta la jambre, que no es por ofender pero su gachó no valía, hay que serle sincera, no valía.
-No se crea -intercedía Panchita enseñando un retrato en blanco y negro que descansaba sobre el cenador- que en esta obra que hizo con las salesianas estuvo ni que pintado, ¡qué bien lo dijo todo! Y eso que hacía de gato en El gato con botas, ¡con la alergia que les tiene!, imagínese si es otra cosa que le agrade…
Después continuaba relatando cómo fue en aquella función cuando con las botas de siete leguas confundió un traspiés y se vino a la gradería desde el escenario quedándose mellado de por vida.
-De ahí se le conoce la alergia a los gatos…
-Pues recitar a Romeo desdentado, eso sí que tié mérito, seña…
Repuesta de la enfermedad, Panchita redobló los padrenuestros rezados por día. Habrá quien les afirme que acabó de enloquecer entonces, que no era normal aquel tufo a muerto que salía de su casa, que ni los gatos se acercaban por allá. Y les referirán entre asustados y de chanza, el síncope que a punto estuvo de darle a Ludivina, la portera, apodada “la observadora” por sus dotes, cuando llamó al piso envuelta en la toquilla y con su semblante serio: se le habían quejado los demás propietarios. O le permitía el acceso y la inspección cuarto a cuarto, o echaba mandado a la policía, y volvía con ellos y allá se las apañase.
A regañadientes la seña Panchita cerró la puerta y se sintieron cerrojos y cadenas que tiempo después saltarían de una patada aquellos estafadores sin escrúpulos que se aprovecharían de una anciana desvalida, consumida de rutina…
En el cuarto de secar la ropa encontró el hule encharcado de coágulos de sangre y en el tendedero de la ropa colgaban balanceándose con timidez los cuerpos pútridos de docena y media de gatos desollados a los que las moscas les habían devorado los ojos. Ludivina la observadora consumió dos semanas y casi cincuenta litros de quina en borrar de su memoria y de sus sentidos aquella turbadora sensación de asco. Se conoce que fue su manera de vengarse de ellos por arrebatarle al nieto.
-Dios mío, olía a muerto, pero quién se iba a pensar… ¡Qué masacre!
Enseguida se movilizaron los servicios sociales y le mandaron a la seña Panchita una moza casadera de nalgas duras a las que atacaba la vieja a pellizcos en cuanto se descuidaba jaleándola, qué carnes más prietas, zagala.
La criada protestaba, que después el novio en la intimidad, al ver tanto cardenal, pensaba malamente y no se creía que esa vieja fuese tan picarona. Enseguida la vieja le soltaba una sonrisa y le daba unas palmaditas…
-Perdona a esta vieja muchacha y ven que te dé unas refriegas de romero en el trasero, para aliviártelo de los moratones, verás que lindo se te queda, boccato di cardinale…
La muchacha prefería más quemar barritas de incienso y pasar con un paño húmedo el alcohol de romero por el papel de las habitaciones para erradicar el hedor insoportable a carne pútrida. Al cabo de varias semanas de dura entrega y de fricciones insistentes lo conseguiría.
Tanto aprecio le tuvo a esta chica que cuando se la intentaron retirar al comprobar lo excesivo de su paga (el marido había sido un mariscal condecorado incluso por batallas en las que no estuvo), ella se ofreció a pagarle una cantidad apreciable si venía tres días por semana a limpiar la casa.
Le traía las compras y le dejaba cocinada la comida, limpiando ante la mirada atenta y complacida de la seña Panchita que veía sus carnes bamboleándose a ritmo de bolero mientras fregaba.
Pasaba el plumero a las figuras y a las baldas repletas de libros y tratados literarios heredados del nieto exiliado. La seña Ludivina, apodada la observadora, cada cierto tiempo se dejaba caer por la casa a hacer la visita y le proponía vender los libros a un trapero con el que había apalabrado un buen precio.
La seña Panchita se mostraba reacia. Se apegaba a aquellos libros con mucho afecto. Era lo único que le quedaba del nieto; pero Ludivina, siempre tan observadora, precisaba que para qué diantres los quería si ni siquiera los leía. Para contradecirla, la señora Panchita comenzó leer los libros de la estantería y a gastar los quevedos que se hizo graduar de nuevo porque con las últimas fiebres se le habían descompuesto las dioptrías.
Con la ventana abierta y contra la reverberación de la tarde, abría los libros que a cada poco posaba para mirar, con mirada reflexiva, los tejados plagados de antenas que se extendían por la urbe.
Ludivina la observadora se enojaba porque sabía que nada más lo hacía para chinchar, que a menudo cambiaba de volumen y de título, ella, la señora Panchita, que apenas deletreaba las facturas de la luz.
-Por lo menos con la comisión me hubiera resarcío de lo del tufo, ¡Jesús!-y como era costumbre en ella, tocaba la pata de conejo que llevaba disecada en el llavero y se santiguaba.- ¡Lagarto, lagarto!
La señora Panchita experimentó una mejoría visible. Ella lo atribuía a los caldos que la nena –así llamaba a la criada- le preparaba. No obstante, eran pocas las ocasiones en las que se dejaba ver. En una de estas, embebida en la rutina que la haría víctima de los timadores, consistía en la visita al banco a primeros de mes para que le reintegrasen la paga entera del mariscal condecorado. Tomaba los billetes, hacía un hato con ellos poniéndoles una goma y volvía a la casa con el fardo en el bolsillo abultado.
-Como para fiarse de los bancos -solía decir.
Fue entonces cuando los dos timadores, un hombre espigado, con el pelo engominado y la perilla recortada al milímetro, y una mujer maquillada y bien vestida se presentaron a su puerta ataviados con una carpeta de cuero y un semblante de pocos amigos. Como a no tardar se nos ajunta la casualidad a la fatalidad, quiso el azar que aquel día la señora Ludivina la observadora hubiese salido a cumplir visita para quejarse a una amiga de lo mal que la trataba la vida. Nadie los vio tomar el nombre del buzón y subir tras Panchita Rivaneira, ni llamar con decisión a su puerta.
-Con doña Francisca Rivaneira…
Panchita se descompuso. Un temblor se apresó de ella y le impidió mostrarse seria y recia. Cuando dijeron que venían de la inspección del ayuntamiento pensó que no había solución posible. Estaba perdida.
El hombre la echó a un lado y entró en la casa: era necesaria una revisión de no sé qué parte por no sé qué cuentos del catastro le murmuraba la mujer mientras el hombre, con sigilo, desconectaba el cable del teléfono y la mujer cerraba la puerta y echaba las llaves. Siguió aturdida, sin comprender la señora Panchita Rivaneira de qué demonios se trataba hasta que ya el hombre se desenmascaró y registrándolo todo sin encontrar el fardo le espetó maldita vieja dígame dónde ha escondido su dinero mientras le llevaba una navaja al cuello.
Panchita Rivaneira, que acabó por comprender la verdadera naturaleza del embrollo, se sacó del sostén el fajo y lo dejó caer en el suelo. Atisbó las miradas ávidas y golosas de los dos compinches que se abalanzaron sobre el fajo para contarlo, sin reparar en la peluca desprendida o en los senos fláccidos que echaron a rodar como calcetines rellenos de algodón y arena.
El hombre había abandonado la navaja sobre la mesita del teléfono, al lado del pesado cenicero de cristal. Una sombra se cernió sobre ellos: Panchita Rivaneira descalabró al hombre con un golpe secó en la nuca y a la mujer la hirió de muerte con una puñalada en el cuello.
Al contrario de lo que sería probable en una persona de su edad, no se puso nerviosa: tomó la peluca, el sostén y los pechos fláccidos y fue al baño para componerse nuevamente mientras se soliviantaba del susto orinando de pie. Después llamó a la policía que acudió armando un revuelo de órdago en el barrio. La señora Ludivina la observadora se lamentaba de que los mejores sucesos acaecían hallándose ella en el extrarradio.
Una pelea entre camaradas, dictaminaron los expertos. Al ver tanto dinero la codicia los pudo y quién sabe quién fue primero, se atacaron uno al otro y el otro al uno hasta quedarse fiambres.
-Ha tenido usted mucha suerte, señora –felicitaba el comisario a la señora Panchita- esos dos maleantes podrían haberle infringido mucho daño o dejarla pelada, cuando menos. Un golpe de suerte, sin duda.
La señora Panchita Rivaneira asentía santiguándose y prometiendo a sus convecinos que redoblaría los padrenuestros rezados en el día.
A la noche, ya calmada la tempestad, a la luz tenue de un candil se dibuja su mejor interpretación: el moño, la toquilla, la corvada figura de vieja leyendo uno de los tratados extraídos de las librerías que tapan la pared donde yace el cadáver de su abuela, fenecida tras una larga convalecencia y emparedada para poder seguir cobrando, suplantándola, la paga de viudedad.
El nieto de Panchita Rivaneira lleva un vaso de orujo con miel a los labios para felicitarse por tan excelsa actuación. Durante unos segundos, con aquellos individuos trajeados en la puerta, había creído que su pantomima había sido descubierta y que le reclamarían las pagas, que lo condenarían.
De ahí su sorpresa y su reacción cuando los identificó como estafadores de poca monta dedicados a amedrentar a las ancianas desvalidas y octogenarias. “Cazador cazado”, pensó mientras cerraba los párpados para paladear mejor la bebida, imaginando lo cariñosa y propicia a las carantoñas que estaría al día siguiente Feliciana, la chica que limpiaba la casa. Continuó con la lectura de aquel volumen que reposaba en sus manos: un tratado sobre la justicia poética.

Tengo que vivir

2004
Tomás Macho de Quevedo López
(El ganador Junto a Ana Mª Martín Gaite y A. Calero presidente de la Agrupación Cultural).

I

...Mi madre, mi padre y mi hermano, están en la habitación de al lado…

La psicóloga que me trata, me ha mandado a otra de las cinco habitaciones iguales que hay en esta zona del hospital. Tengo un poco de frío. Me abrazo como intentado no perder el poco calor que me queda dentro y atravieso un pequeño pasillo con cinco puertas, por supuesto blancas, a pasos exageradamente cortos y rápidos: supongo que me lo ha generado el escalofrío que me acaba de dar y del que no he podido evitar dar unos respingos. En una mesa grande que casi ocupa la habitación hay dispuestos, a ambos extremos, un montón aparente de folios y un cubilete de color verde, donde hay alojados un buen puñado de lápices de colores. Un sin número de sillas alrededor de la mesa componen todo el mobiliario de la habitación. Sale aire cálido por algún sitio que atempera mi cuerpo y lo agradezco. Me encuentro cómoda y pienso que de aquí tiene que salir algo bueno para la psicóloga. Me siento, cojo unos folios y elijo el lápiz de color rojo para empezar a escribir. Pienso…Cómo expresarlo…Golpeo el lápiz repetidamente contra la mesa buscando la palabra clave para empezar y lo que consigo es romper su punta. Eva, la Psicóloga, está en todo y al lado del cubilete hay un sacapuntas al efecto. Empiezo a afilar lentamente. La vista se me queda fija en las virutas que van cayendo al papel. Demasiado evocador pienso y con el dorso de la mano trato de quitarlas manchando de rojo el papel y mi mano, y mis ojos se llenan de rojo y me afloran lágrimas inconsolables, como aquél día, todo rojo, todo gritos, todo desesperación. Eva quiere que procuremos expresar todo lo que sintamos sobre lo sucedido. Eso es lo que nos ha dicho a los cuatro que tenemos que hacer, cuando nos haga pasar de uno en uno a la habitación. Todo lo que se nos venga a la cabeza sin ambages, sin dudas, sin esperar que tenga sentido o no lo que ponemos. No es necesaria una buena redacción con léxico rico –nos explica sonriendo- con giros idiomáticos y con cierto nivel de vocabulario. No es ningún examen. Solo quiero que me contéis cosas, aunque os parezcan carentes de sentido e inconexas. Yo sabré sacar las conclusiones. Os repito que es importante cualquier detalle, por muy tonto que os parezca. Pensad por un momento que estáis en vuestra casa y queréis mandar una carta a un buen amigo porque necesitáis abrir vuestro corazón. Es un juego en el que la mente a veces no quiere seleccionar y pone lo que verdaderamente se siente sin raciocinio. Eso es precisamente lo que a mí me interesa. Sencillamente que la imaginación escape, se libere y se exprese. Tomáoslo como un juego. Se trata tan solo de expulsar. Os voy a dar todo el tiempo que necesitéis. Haced un esfuerzo. Sé que no es fácil pero puede ser muy enriquecedor. Haced lo que podáis. La psicóloga, en estos meses de trato parecía tomarse su trabajo o nuestros problemas muy en serio. Supongo que tendría una cierta responsabilidad añadida por lo dramático del acontecimiento y el eco mundial que según me llegaba, eso sí, con mucho cuidado y con cuenta gotas, había adquirido el hecho. Bueno y también por cariño.

...Mi madre, mi padre y mi hermano, están en la habitación de al lado. No se cómo empezar mi relato. Tal vez diciéndome en voz alta ¡Tengo que vivir! A veces dudo querer recordar algo más de lo que recuerdo sobre lo sucedido. Ahora mismo no deseo volver a contar otra vez, después de haberlo hecho una y mil veces, la misma historia: frente a mi familia, frente a mis amigos, sin hablar de ti Eva; psicóloga de oficio que se me asignó en el hospital cuando parecía que empezaba a recuperarme y que a veces, te siento más Eva que psicóloga y otras veces, me pareces tan distante y tan fría, que eres más psicóloga que Eva y eso me desasosiega. Amén de periódicos, revistas, radios y un largo etcétera. Eso sí, nunca de la misma manera porque voy añadiendo cada vez más detalles. A veces dudo si ocurrió como lo cuento o es producto de la mezcla entre realidad y ficción que va haciendo mi mente, una mezcla en el que aparecen verdades y mentiras en la misma proporción. Eva dice que lo normal es que cada vez me vaya acordando de más cosas. Y eso me horroriza. Tengo miedo a recordarlo todo. Que de pronto me levante un día y me vengan, como un vómito incontrolado de sangre, todas las imágenes que debo tener guardadas en algún lugar oculto de mi cerebro y que desde aquí le ordeno que las mantenga ocultas para siempre. No quiero pasar por lo mismo una y otra vez. Me vendrá bien, siempre según Eva, cualquier tipo de expresión para volcar todo lo negativo que todavía llevo dentro y que me puede aliviar. A veces me lo dice de una manera más técnica y con más empaque en la voz, no sé si para buscar mi susto y mi consentimiento o su autoridad por la importancia que en realidad tiene para mi recuperación total, pero vamos, viene a ser lo mismo. Empiezo a dudar de las curas rápidas. Estoy empezando a darme cuenta que el tiempo es el mayor y más eficaz cauterizador de heridas. El mejor aliado y además inexorable. No se para nunca. Yo confío más en él, que en cualquier otra cosa. Sin ir más lejos ahora las heridas no me duelen tanto como cuando me las hicieron y eso me lo ha curado el tiempo.

II

...Debería expresar mi alegría y mi agradecimiento después de tanto horror pasado…

He terminado. Ahora le toca pasar a mi madre. ¿Qué pondrá? Me gustaría tanto saberlo pero sé lo que me va a decir la psicóloga, que son secretos profesionales y que sin duda acabaremos sabiendo lo que ha puesto uno y cada uno de nosotros pero todo a su debido tiempo. Estoy un poco nerviosa y asustada. No quiero que mi familia sufra tanto por culpa de la miseria humana. Mamá tiene una expresión en los ojos que me hace mucho daño.

… Debería expresar mi alegría y mi agradecimiento después de tanto horror pasado. Debería estar exultante de alegría al poder ver a mi hija viva y con ganas de vivir que es lo más importante. Pero tengo el miedo metido en el cuerpo y el alma herida y eso no me deja disfrutar de mi suerte, del renacimiento de mi hija, el renacimiento de este momento. Me da miedo la vida. Tengo horror de volver a pasar por lo mismo. Que salga uno de los míos de casa me espanta, aunque procuro que no se me note demasiado. Yo de todas formas he sido siempre muy cobarde y muy exagerada con las horas de salida y de llegada. ¡Valiente estupidez por mi parte! y ¡valiente estúpida! Ocurrió, todo ocurrió a las ocho y media de la mañana y yo estaba tranquila porque a esas horas es difícil que pasen cosas, porque es de día, porque hay mucha gente en la calle, porque todo el que no va a trabajar, va camino de su Instituto o de su Universidad y porque a mi me han enseñado que las peores cosas ocurren cuando llega la noche y nunca al revés, que si pasa algo es más leve o lo suaviza la luz del día. Mi niña, mi adorada niña victima del terror, victima inocente de tanta maldad canalla, de tanta maldad callada. Debería expresar mi alegría, pero no puedo. Tantas víctimas del barrio, tantas familias mutiladas, muertas, masacradas. Tanta sin razón en un microcentímetro cuadrado del cosmos. Mi desolación se compensa con mi consuelo por tenerla en casa. El otro día me dijo que ahora más que nunca tenía que vivir, que tenía la responsabilidad de tantas vidas como habían sido arrebatadas y que esa responsabilidad quería asumirla. Y yo pensé que de repente había madurado, que de repente había vivido la vida tan rápidamente que había cerrado todos los ciclos posibles y que empezaba nuevas vidas a cada respiración, a cada amanecer. Estoy muy asustada, a veces no me parece ella. Otras veces me coge de la mano y me aprieta muy fuerte. Entonces se pone a sudar y temblorosa me dice que han querido acabar con su vida y que no sabe muy bien cuál es la razón y que a pesar de los esfuerzos que está haciendo por vivir se nota que solo lo está consiguiendo a medias porque siente que tenía que estar con todas las personas que no tuvieron opción. Que se siente desplazada, desubicada, fuera del mundo. Y yo no puedo más y me echo a llorar a su lado. Y bien que lo siento por ella, pero mis fuerzas me fallan y no sé que decir excepto que la quiero que la quiero conmigo siempre y que me tiene a su lado. Y sobre todo, le suplico entre sollozos, que no le fallen las fuerzas y que siga teniendo el coraje suficiente como para salir a delante. Menos mal que su novio sigue con ella al pie del cañón. Me está demostrando que es un gran chico y que quiere de verdad a mi hija y eso me llena de alegría. Mi hija no lo ha perdido todo.



III
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¡Por favor mi madre sale con los ojos llenos de lágrimas! Que no llore más, basta mamá, te lo suplico. No soporto verte llorar con esa desolación. Me pregunto si sabrá Eva lo que está haciendo. ¡Dios mío! Cada vez me vienen con más fuerza y nitidez las imágenes de lo sucedido. Entra mi hermano Víctor que está un poco desencajado al ver aparecer a mamá. El pobre no se habrá visto en una como esta nunca. Había escuchado a mucha gente decir que después de un acontecimiento importante en sus vidas, había habido un antes y un después. Entiendo que ahora todo haya cambiado y que tarde en llegar la razón, en mi cuerpo por la amputación de mi ojo, en mi entorno por la ruptura de la tranquilidad y quiero suponer que en la sociedad por el fin de la lógica que hace que el río guarde su curso que los coches vayan por la carretera y que los trenes lleguen a su destino. Se acabó la armonía. Llegó la locura. Tal vez mi aspecto físico es el cambio que más se nota, el más espectacular de todos los cambios, pero no ha sido el mayor de ellos. Tengo entendido que la gente va callada, que no hay tanto bullicio, que la gente mira a todos los lados buscando no se sabe qué y que hay tristeza y temor. Que el color de la piel delata, que a los distintos se les mira con temor. Que los extraños son aún más extraños que nunca. Pero sobre todo tengo miedo que ellos, los míos, también hayan cambiado en su interior. Que su cabeza se haya visto dañada de una manera especial. Supongo que Víctor no sabrá qué decir y se pondrá nervioso y acabará dibujando lo que le está rondando en su cabeza y seguro que se expresa mejor que yo con las letras, y que mamá, y seguro que también gana a papá. Aunque esto no sea una competición ganará a papá. Siempre se le ha dado muy bien el dibujo. Espero que esto sea un paso más para curar la herida, que sigue sangrando, a pesar de los meses transcurridos…Estoy convencida que pintará algo alegórico, abstracto, y con mucho colorido. ¡Pero a la vez tan real!. Porque nadie como un artista, como lo es mi hermano, para que toda esa sensibilidad la plasme en un papel o en un lienzo, con un trozo de barro o con un alambre. Le veo dibujar. Ha cogido uno de los botes de lapiceros. Sin duda que por las manos de Eva pasan también dibujos y sabrá darle sentido. Traza largas líneas de color rojo intenso y sobre ese rojo vuelve a grabar más fuerte otro rojo y hace lo mismo cuando coge el lápiz negro y pinta una y otra vez la misma raya-vía, para que se haga grande, para que se haga más negra. Y otra vez el rojo para que las rayas-vías sean lo más rojas posibles. ¿De qué color es el mundo cuando de repente suena un golpe seco, un golpe estremecedor? Yo lo sé, negro y rojo, tal y como lo está pintando Víctor. Pintará el sonido, el golpe mortal, los gritos de los menos heridos, los gemidos de los más perjudicados y pintará el silencio de los muertos. Lo siente su alma de artista. Y el ojo que lo miraba todo con aviesa curiosidad, ¿dónde está? no lo siento. Ya no puede ver porque se ha roto, me lo han roto, me lo han robado como el alma al resto…Cualquier objeto brillante o abrillantado, metálico o espejado me produce pavor ¡con lo que me gustaba mirarme al espejo y verme guapa! Y ahora no soporto los grifos, los pomos de las puertas, las gafas, los llaveros, las pantallas de los móviles, las televisiones apagadas, las tapas de los microondas, los cubiertos, todo me espanta porque no estoy preparada para verme tal y como soy ahora. Tal y como me han dejado. No puedo mirar la sequedad en mi oquedad. El hueco en mi ojo muerto. Eva aconseja tranquilidad y tiempo. En el espejo del cuarto de baño del hospital, la primera vez que me dejaron entrar para orinar, no me importó verme la oreja casi desprendida o el labio pegado a la barbilla, llevando una venda a modo de parche en el desaparecido ojo. No, nada es tan impresionante como verte reflejado a traición, Por vez primera, sin pretenderlo, por un descuido de lo cotidiano, en una ventana. La contra natura hecha por ese fuerte golpe que todavía sienten mis sienes, en un solo instante, junto a los hierros retorcidos, junto a gritos de dolor junto a vidas eternas. Qué color tiene la muerte entre tanta vida robada. Qué sabor tiene la vida herida por un fuerte golpe en un solo instante




IV

…Si solo dijera que les quiero, sencillamente expresaría un porcentaje ínfimo de lo que verdaderamente siento por ellos…

Por fin le toca a papá. Me mira se levanta y cuando pasa por mi lado me acaricia como si fuera a condenarme y quisiera pedirme perdón. Se cruza con mi hermano en el pasillo y se sonríen amargamente. Son momentos malos. Se recuerdan demasiadas cosas pasadas en un solo instante. Papá siempre me ha querido mucho: A veces le decía que demasiado pegajoso con los besos y los achuchones. Ahora no me los da tanto y juro que es cuando más los necesito. Pero supongo que no tendrá tantas ganas. Tal vez tenga miedo de hacerme daño ¡Hemos sufrido tanto en tan poco tiempo!… Papá se ha vuelto más gris. Le noto odio en los ojos cuando mira. Y sé que ha llorado y sé que sigue llorando. Se va al cuarto de baño para estar solo y poder desahogarse, pero yo oigo sus gemidos desconsolados. Le oigo cómo a veces da puñetazos en los azulejos. No fuertes pero secos. No rápidos pero tristes. Se nota desolación, se nota flojedad. A veces creo que hace trampas poniéndose una toalla en los puños para amortiguar el ruido y así golpear con todas las fuerzas de las que es capaz. Pero le oigo, le siento a pesar de sus subterfugios; los tres grifos abiertos a tope y la cadena del inodoro funcionando y sus manos vendadas. Ruido para amortiguar su ruido. Ruido para ahogar su desesperación. Ruido para apaciguar su alma. Yo muchas veces le he dicho, que no me ha perdido, que sigo aquí con él, que nos podría haber pasado como a tantas familias. Pero que él ha tenido suerte. Que todos hemos tenido suerte de perder un ojo entre tanta pérdida: tan solo un ojo en nuestra familia y eso papá lo he perdido solamente yo, y solamente yo, tengo que vivir con ello hasta el resto de mi vida, pero esto último no se lo quiero decir…
…Si solo dijera que les quiero, sencillamente expresaría un porcentaje ínfimo de lo que verdaderamente siento por ellos. Si dijera que es un cocktail de amor, cariño y ternura sin duda ese cocktail lo bebería sin que me hiciera el menor daño, de un solo trago, largo y exquisito. Sin respirar. Sin asfixiarme. Tan solo hace unos meses estuve a punto de perderme en el dolor. Tan solo hace unos meses estuve a punto de enloquecer. Era tan intenso el dolor infligido por la locura de unos, adueñándose de la vida de decenas de personas y de otros adueñándose del dolor ajeno, cubriendo sus propias miserias después de descubiertas sus vergüenzas, que hubiera sido razonablemente lógico sumirse en mi locura particular, transitoria o no, ante semejante salvajada. Tengo el dolor de una herida en cualquier parte del cuerpo y no tengo el menor rasguño a la vista, pero me duele tanto, como al amputado su falta. Hija te quiero decir tantas cosas que no me salen más que un cúmulo de palabras sin sentido. Qué decirte cuando te veo que te tengo, qué decirte cuando te tengo un poco menos. Qué decirte cuando lo poco que te ha pasado me llena de dolor como si te hubiera perdido y siento vergüenza ante los demás por tenerte. Qué decirte si te hubiera perdido. Qué decir a los vecinos que nos llenan la escalera todas las noches en busca de las buenas noticias de tu recuperación cuando ellos han perdido a los suyos y no obstante se les ve contentos de tu mejoría: como si de ti dependiera la vida de todos ellos o su consuelo. Qué decirles cuando te abordan por la calle y solo te tienden una mano sin decir ni media palabra pero sintiendo la presión, la fuerza de sus manos como un aliento, como un soplo de aire para seguir andando. Y piensas lo extremadamente fino que es el hilo que nos sostiene en este mundo y que cualquier loco puede romper violentamente ese hilo. Y yo me pregunto si es necesaria tanta violencia y tanto sin sentido para salir adelante con tus ideas; para cambiar el mundo si es lo que quieres hacer, o para vivir simplemente con tus miserias; con tus lunes y tus domingos, con tus alegrías y con tus tristezas cotidianas. ¿No será suficiente? Tenemos que resignarnos a la violencia sin respuesta, que no es lo que el corazón te pide, y hacer caso a la cabeza que es la fuente de la razón, de la sabiduría y hoy por hoy afortunadamente resistente a la enajenación incontrolada de los malvados.

Viaje a Patagonia

2003
Carmen Carreño Mallo
(Momento en el que Ana Mª Martín Gaite entrega el premio a la ganadora).

Me casé -para irme de viaje a Patagonia en marzo-. Decidimos ir a Chile, cuando llevábamos 3 años viviendo juntos y el alcohólico de mi jefe trataba de echarme del trabajo.
Vivíamos en Las Rozas con una existencia “políticamente correcta”, trabajo estable de 9 a 6, pisito con terraza, dos coches... aunque yo echaba de menos Madrid, sus ruidos, sus gentes, sus olores.

Nos casamos, pero no fuimos a Patagonia. Cambié de trabajo y la boda se retrasó, la aplazamos para mayo y entonces ya era tarde para ir al Sur.

Madrid volvió a llenar nuestras vidas, nos cambiamos a un piso en el centro de la ciudad, encontré al jefe perfecto. Todo se situaba, se posicionaba en perfecta armonía para no tener otras distracciones.
Sonó el teléfono: - Hola, somos del servicio médico de la empresa, ¿está Paula?, preguntó una voz. - Sí soy yo, contesté. - Paula, soy la doctora Herranz, llamaba para ver qué te habían dicho de lo que vimos ¿te lo has mirado?. - Sí, si, fui a hacerme las pruebas hace un mes y precisamente hoy me dan los resultados. – Ah, muy bien, dime algo ¿vale?. - Por supuesto y muchas gracias por llamar.
Se me había olvidado. Salí de la oficina corriendo y llegué a la consulta del doctor, ¿cómo se llamaba?, sí, Cope Enri. Segunda planta.

- ¡Paula Beltrán!. ¿Está Paula Beltrán?. -Sí, sí soy yo. -Pasa, por favor. Me miró de mala gana y me indicó que me sentara y lo hice. El médico no levantó la cabeza. -Tarjeta, me pidió la enfermera. -Viene a por los resultados de una punción, le indicó al doctor y le pasó el informe. No me miraban.
Durante los siguientes minutos mi corazón se fue calmando de la carrera y el médico se dedicó a escribir algo en un papel. Finalmente, levantó la vista y durante 5 minutos leyó el informe. – Perdone, doctor, pero no me enterado de nada. Extrañamente, mi corazón se aceleró. Volvió a leerlo tal cual y volví a no entenderlo. Pregunté -¿tienen que operarme necesariamente o con un tratamiento vale?, ya me han operado otras veces y no quiero pasar por quirófano otra vez. Mi corazón iba a 100 sin razón lógica. El médico con gesto adusto, me indica que hay que operar. -Perdone, pero no entiendo bien qué me pasa. Tengo una educación media, pero de términos médicos no sé nada, me está diciendo que... (buscaba oír la palabra). La enfermera afirmó.

No recuerdo mucho más. Me despedí dando las gracias al médico, gracias ¿por qué?, a veces ser educado y digno va contra las normas más elementales de humanidad. Me dejó salir de la consulta sin información, tratándome como si fuera un vegetal o una estúpida. Le tendría que haber dicho: yo estaré enferma, pero usted es una mierda, ¡cabrón!. Pero no, dije gracias y buenas tardes.

Era junio y hacía calor. No lloraba, quería hacerlo, porque se supone que cuando a uno le dan una noticia de estas tiene que llorar, pero no lo conseguía. Vagaba por la calle y quería decirle a todo e mundo: “hola, soy Paula tengo 27 años, estoy enferma, en 2 ó 3 años palmo”.
Sentía la misma rebeldía de la juventud, que rechaza lo, supuestamente, evidente, con el cinismo del que se cree invencible por miedo a saberse vulnerable.
Llegué a Goya donde había quedado con Daniel y le llamé. No lo cogió. Llamé a Pilar, no lo cogió. Llamé a mi madre. - ¡Hola nena! - ¡Hola mami!, he estado en el médico. - ¿Qué te ha dicho, hija?. – Nada, que el bulto que tengo es cáncer.

Me casé, pero no fui a Patagonia. Patagonia vino a mí. La Tierra de Fuego, el fin del mundo llegó sin coger ningún vuelo, en un viaje compartido pero en solitario. Tardó en llegar. Estaba tan lejos... nadie conocido había ido antes ¿por qué yo?. Siempre había planteado mis viajes como descubrimientos de nuevas tierras, nuevas sensaciones. Ahora, me obligaban a viajar a un lugar que no quería visitar, al interior de mi misma. Debía ser un error.

Me resistí durante 3 meses a emprender camino. No sabía qué meter en la maleta, a fin de cuentas uno siempre puede elegir no salir. No lloraba, estaba tranquila y me encantaba frivolizar y hacer bromas siniestras, mostrarme por encima de todo, llenarme la boca con la palabra cáncer. Todos alababan mi entereza y mi fortaleza. Les oía compadecerme y hablar cuando creían que no les oía.

Me resistí entonces y aún hoy me parece que todo fue un fallo, una maldita equivocación que me ha dejado marcada para siempre. Tres meses guardé mi furia, mi impotencia y mi terror. La incomprensión de un hecho que no tiene explicación racional. Buscas otras, observas y vuelven antiguos resentimientos ya olvidados y presientes que esto venga de ellos. Culpas a los que más quieres, a los que están cerca, en un diálogo sordo que nadie quiere tener, porque en el fondo sabes que esto, sólo va contigo.
Finalmente emprendí el vuelo, había comprado billete de ida y vuelta.

Despegué en quirófano, un 23 de septiembre y durante 6 horas crucé el Atlántico. Fue un vuelo sin complicaciones donde los 11 miembros de la tripulación aligeraron esa parte de mi equipaje sobrante. Aterricé oyendo mi corazón, con una máscara de oxígeno y una manta. Era como llegar a Santiago de Chile, populoso, al menos al principio. Me esperaban todos mis allegados. Luego como en todas las grandes ciudades, te quedas solo, en tu habitación con el silencio. Enfrentándote a tu diálogo interior. Había dolor, pero no físico. Me sentí despojada de algo que te ha pertenecido, incompleta por un órgano que nunca más hará su función, robada, mancillada, violada por la vida y la suerte.

La tripulación comentó que el salto había ido bien, pero yo sin saber de latitudes, sabía que no había llegado a destino. Así, tres días después, volví a volar y no de regreso. Esta vez no recuerdo el número de médicos, ni qué hicieron en este trayecto. Crucé la Pampa, desierto, sol y espejismos. No sabes bien qué has vivido, las horas pasan como si fueran segundos y olvidas que estás ahí.
Cuando vuelves a aterrizar te encuentras en el aeropuerto ya sólo a unos pocos conocidos, a los más fuertes, esta vez desencajados. Sus caras sonrientes, no escondían las marcas de angustia y su aliento de horas de café y tabaco . Debí volar alto, pero no preguntas, no vaya ser que contesten o quizás no tengan ni respuesta.
Los días pasan y vas haciendo pequeños viajes a pie o en barco. Con la quimioterapia llegué a los glaciares del sur, necesarios para reestablecer el equilibrio de la tierra, pero a la vez fríos, agrestes, duros y silenciosos. Quemaban mi piel, mis entrañas y mi alma, en una batalla de sumisión ante la grandeza del espectáculo y la impotencia y vulnerabilidad de mi persona. De alguna manera con el desgaste de mis defensas, me derrumbaba, iba hincando la rodilla al suelo y sucumbiendo al sino.
Va llegando la comprensión sin información, el perdón sin agresor, las formas se suavizan para dar paso a un ser más humano.

El comandante-cirujano dió la orden de volver a casa. Había retorno y el avión era seguro. Estaba curada.
Por fin, lloré.
Grité.
Me desgañité hasta la afonía. Me agredí y arañé por todo el cuerpo. Expulsé casi toda esa rabia y miedo que había ocultado durante tantos meses y me dejé abrazar. Ahora sí.

Como todo viaje concluirá. Sí, en futuro. Regresas y deshaces las maletas, pero has traído recuerdos y vivencias que esta vez no dejarás sobre la estantería del salón.
Viajar significa descubrir otros mundos, otras culturas, pero el mayor hallazgo se encuentra en la sorpresa y el conocimiento de nosotros mismos. Es siempre un viaje al interior.

Patagonia fue un viaje como otros, pero diferente. Hay quien vive estos viajes como una catarsis. Yo no. Continuo resentida con mi suerte, desposeída e incompleta, sin entender el porque. Mi batalla perdida y a la vez ganada es el conocimiento y la aceptación del miedo como humano. El pavor como motor de disfrute diario, o de una existencia que se antoja, al menos, efímera.
Se vive con recelo y con la rabia de que en cualquier momento puedes volver a viajar porque, afortunadamente, no has visto todo. Es un destino que sorprende en su elección y no pregunta ni contesta.
No se vuelve a nacer, pero se está muy cerca del Fin del Mundo.

Paula Beltrán